Cosmopolita
El metro de Estocolmo desliza suavemente sobre las vías mientras la ciudad despierta a un nuevo amanecer.
Las primeras luces del día se filtran a través de las ventanas, proyectando un mosaico de colores cálidos que bailan sobre las caras de los pasajeros. Entre ellos, yo, que observa con curiosidad y serenidad el espectáculo de diversidad a su alrededor.
Es una mañana dominical de primavera, fría pero inusualmente hermosa, y me dirige a mi trabajo.
A mi lado, una mujer vestida en el tradicional sari indio teclea rápidamente en su teléfono.
Frente a mi, un grupo de estudiantes japoneses comparte animadamente impresiones en su idioma, sus mochilas llenas de libros y recuerdos de viaje.
A lo lejos, un hombre de mediana edad con un gorro ruso hojea un periódico, absorto en las noticias del día.
Siente cómo el vagón del metro, en este microcosmos de culturas, se convierte en un pequeño reflejo del mundo.
Cada pasajero, con su particular forma de vestir, hablar y comportarse, contribuye a un tapiz de experiencias humanas que se entrelazan en ese espacio compartido.
Mientras el tren avanza, reflexiono sobre cómo, a pesar de las diferencias, todos comparten un mismo destino en ese instante.
La música suave de unos audífonos cercanos se mezcla con el ritmo de las ruedas sobre las vías, creando una melodía que acompaña sus pensamientos.
Así, el viaje en metro no es solo un traslado físico de un lugar a otro, sino también un viaje emocional y cultural, donde cada parada trae consigo nuevas historias y la promesa de un nuevo comienzo.
A medida que el tren se acerca a su destino, sonrío ligeramente, agradecido por la riqueza de este mosaico humano que me rodea, sintiendo la frescura de la primavera que, aunque fría, renueva con su belleza.






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