Aquellos años, meses….

 …los primeros días de febrero en La Habana siempre traían consigo una mezcla de humedad, calor y brisa salada. Febrero no perdonaba a los que debían recorrer la ciudad para cumplir con sus responsabilidades. La urbe hervía en su ritmo cotidiano, y en ese caos constante, yo seguía buscando espacios de concentración entre los detalles ruidosos de la vida habanera.



El autobús, a punto de explotar de gente, se movía lento entre las avenidas repletas. No importaba si el motor rugía o si los vendedores ambulantes intentaban hacerse oír sobre el bullicio. Allí, de pie, con una mano aferrada a una barra oxidada y la otra sosteniendo mis apuntes, lograba robarle unos minutos al tiempo para estudiar.


El festival se acercaba, y eso significaba más ensayos, más compromisos, más noches agotadoras. Sin embargo, nada de eso me hacía olvidar mis clases en la Facultad de Derecho. Cada rato libre, cada espera bajo el sol abrasador en alguna esquina, era una oportunidad para repasar.


Recuerdo que una tarde, justo después de un ensayo en la Casa de la Cultura, Lázaro Ross, con su sabiduría y su cadencia serena, me observó con una sonrisa cómplice mientras yo revisaba unos papeles entre toques de tambor. “Aprovecha siempre que puedas”, me dijo. Y esa frase me quedó grabada, porque no solo hablaba del tiempo, sino de todo lo que la vida me ponía en frente: la música, los estudios, las amistades, los amores de paso.

Las tardes pasaban, y cada día se sumaba a ese viaje caótico que era ser estudiante en los ochenta. Las colas interminables para comprar lo básico, los debates apasionados en los pasillos de la universidad, y las improvisaciones constantes que parecían la norma en aquellos tiempos. Adaptarse era obligatorio. Reinventarse, una cuestión de supervivencia.

Y mientras febrero avanzaba, mi vida continuaba entre los libros de derecho, las clases de baile, los ensayos y las conversaciones que se alargaban en el Vedado, siempre con una cerveza en mano y alguna nueva historia que contar.

Era una Habana en constante movimiento. Una Habana que, pese a sus desafíos, seguía siendo el escenario perfecto para aprender, no solo de las aulas, sino de la vida misma.



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