Auriculares….
Auriculares fuera. Ya no escucho música mientras recorro la ciudad. Me desprendí de las melodías que solían acompañarme en cada paso y ahora mis oídos están abiertos a un sinfín de sonidos que antes no notaba.
Mis canales auditivos ya no están ocupados con canciones, ritmos o géneros preseleccionados. Ahora, son libres para disfrutar de la sinfonía natural de la ciudad. Los trenes que frenan, los autos que arrancan, un claxon que suena a lo lejos —todas esas notas caóticas que componen el día a día urbano.
Escucho el viento que juega entre los edificios, el trinar de las aves que, pese al bullicio, encuentran su espacio en la ciudad. Los pasos de los transeúntes, rápidos o lentos, firmes o vacilantes, forman un ritmo único y cambiante que no necesita acompañamiento musical.
Pero lo que más disfruto es esa experiencia poliglota, ese mosaico de voces que se entrelazan en diferentes idiomas. Fragmentos de conversaciones en español, inglés, francés, árabe o chino, todos mezclándose en una curiosa danza auditiva. No siempre entiendo lo que dicen, pero eso no importa. Lo fascinante es el sonido en sí, la riqueza de la diversidad humana expresada a través de sus lenguas.
Caminar por la ciudad sin auriculares es como sintonizar una emisora que cambia constantemente de frecuencia, pero siempre ofrece algo interesante. Cada esquina tiene su propio ritmo, su propio sonido. Y yo, en lugar de estar aislado tras mis auriculares, soy parte de esa sinfonía urbana. Escucho la vida, en todo su esplendor desordenado y vibrante, y me dejo llevar por ese incesante pulso que marca el latido de la ciudad.
Ahora me doy cuenta de que, a veces, el mejor concierto es simplemente el sonido del mundo tal como es.




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