Noche Habana
La Habana de noche en los años setenta era un espectáculo único. A medida que el sol se desvanecía tras el Malecón, la ciudad se transformaba en un paisaje de luces y sombras que bailaban sobre los adoquines mojados por la brisa marina. Las calles estrechas de La Habana Vieja cobraban vida al ritmo del son y la guaracha que escapaba de los bares, mientras las risas y el sonido de las copas chocando llenaban el aire.
En el Vedado, los autos antiguos se deslizaban suavemente por el Paseo, iluminados por los faroles que proyectaban una luz cálida y nostálgica sobre las fachadas coloniales. Parecía que la ciudad, bajo las estrellas, se movía a su propio compás, sin prisas, pero con una energía inagotable.
Desde un balcón en el último piso del Hotel Nacional, podías ver cómo La Habana brillaba con sus luces tenues. Las olas del mar chocaban contra las rocas del Malecón, como si la ciudad misma respirara al ritmo del Caribe. La noche en La Habana era un lugar donde el tiempo parecía detenerse. Las parejas caminaban de la mano, los amigos compartían historias en las esquinas, y los músicos callejeros hacían que cada rincón tuviera su propia melodía.
Los setenta en La Habana eran un reflejo de su resistencia y belleza. Una ciudad que, incluso en la oscuridad, seguía mostrando su esplendor caribeño. Era como si cada noche fuera una fiesta discreta, un recordatorio de que, a pesar de los desafíos, La Habana nunca dejaba de brillar.





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