Arbol de navidad
La idea era simple: buscar, encontrar, cortar y preparar un árbol de Navidad. Fácil, ¿no? Después de todo, Kalle a quien yo acompañaba en tal misión era propietario de una extensa área boscosa en la reserva natural, cerca de Nynäshamn. No debía haber mayor complicación… o eso pensaba al principio.
Claro, la ecuación navideña incluía algunos factores adicionales. No solo se trataba de encontrar cualquier pino. No, el pequeño árbol debía cumplir con criterios específicos: altura perfecta, ramas densas y una apariencia digna de cualquier postal navideña. Ah, y además estaba el pequeño detalle de que era diciembre, la nieve caía por montones y hacía un frío que congelaría hasta a un pingüino.
Salí bien preparado, o eso creía yo. Equipado con mi mejor ropa de invierno y botas que, a simple vista, parecían listas para cualquier expedición en el Ártico. ¡Ja! Qué ingenuo.
Comenzamos la búsqueda, y lo que pensé que sería un paseo corto se convirtió en una travesía épica de dos horas a través de la nieve. Caminábamos como si estuviéramos en una expedición para encontrar el Yeti, buscando el pino perfecto entre un mar de árboles que, sinceramente, empezaban a verse todos iguales. Después de dos horas de exploración, al fin dimos con el pino ideal. ¡Victoria! Solo quedaba cortarlo y llevarlo de vuelta a la ciudad para decorarlo.
Sin embargo, había una parte de mi cuerpo que no estaba compartiendo ese entusiasmo: mis pies. A medida que avanzaba la caminata, mis botas –que claramente habían sido diseñadas para "uso decorativo"– comenzaron a ceder. A mitad de camino, ya no podía sentir la planta de mis pies. Al final del recorrido, sentía como si estuvieran hechos de hielo. Las horas bajo la nieve resultaron ser demasiado para mis supuestos "calzados de invierno", y perdí completamente la sensibilidad en los pies. ¡Feliz Navidad para ellos!
De vuelta en casa, mientras todos se acomodaban con chocolate caliente y una sonrisa en los labios, yo luchaba para devolverle el calor a mis pies. Dos horas más tarde, y con la sensación finalmente recuperada, aprendí una valiosa lección: la próxima vez, asegurarse de que las botas de "expedición" no sean solo para pasear por centros comerciales con calefacción.
Eso sí, el pino quedó espectacular… si es que mis pies alguna vez llegan a perdonarme.






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