¿ Inocencia?
Se me quedó mirando con esos ojos grandes, redondos, llenos de inocencia, mientras la luz del atardecer bañaba la terraza de la casa de mi hermano en Mallorca. El cachorro de bóxer, con sus orejas alertas y su lengua asomándose de forma juguetona, parecía ignorar el pequeño desastre que había causado. Mis aletas, cuidadosamente colocadas para secarse al sol, ahora mostraban marcas evidentes de su curiosa exploración.
Intenté enfadarme, pero la mezcla de lástima y ternura me desarmó. ¿Cómo podría culparlo? No era más que un cachorro, apenas consciente del valor de mis aletas o de lo que significaba para mí bucear en esas aguas cristalinas. En ese momento, su entusiasmo por jugar había superado cualquier regla que hubiera podido establecer.
Me reí para mis adentros, comprendiendo que la verdadera culpa recaía en mí, en mi descuido, en olvidar que los cachorros y los objetos extraños son una combinación inevitable. Aunque las aletas necesitarían reparación, me quedé con una anécdota más de mis viajes a la isla. Y mientras acariciaba al cachorro, con el sol de Mallorca comenzando a ocultarse, supe que esas aletas mordisqueadas guardarían para siempre un recuerdo muy particular de mis vacaciones.





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