Viviendo en casa ajena

Siempre fue así, en principio y como todo ser humano, durante meses solo reconocidos en algunos legislaciones jurídico tuve tratamiento de « Persona Muy Importante». Alojamiento de lujo, alimentación gratuita y nada de qué preocuparme. Todo lo que necesitaba lo obtenía sin siquiera pedirlo o esforzarme para: era el vientre de mi madre. Era su cuerpo, pero no mi casa.

Nací, crecí, pasé la pubertad, la adolescencia y parte de mi adultez en los predios de mi progenitora, con su venia, bendición y todo lo que conllevaba vivir con mamá: definitivamente el saldo fue positivo y prolongado por más de tres décadas.

Luego vino el salto: enorme, sobre el océano Atlántico y hacia otras latitudes. Moradas y casas de otros seres humanos. El cambio en varias ocasiones indica que fue un periodo de aprendizaje y experiencias hasta que todo cambió.

Ya no vivo en casa ajena…… 

Ya vivo….

en mi propio hogar. 

Un espacio que, aunque sencillo, es completamente mío. No está definido solo por paredes, sino por la libertad de ser y decidir. 

Ya no dependo del permiso o la protección de otro para habitarlo. 

Aquí, cada rincón es un reflejo de mi historia, de lo que he aprendido y de lo que aún estoy por construir. El tiempo de vivir en casas ajenas fue necesario para llegar a este momento, para entender que más que un techo, un hogar es el lugar donde finalmente pertenezco, no por obligación o circunstancia, sino por elección. Y ahora, realmente, **vivo**.




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