Regalos de mamá natura.

 


Muchas veces lo cotidiano se nos hace obvio o inconsciente lo obviamos por ser cotidiano.

La naturaleza nos regala a diario fenómenos irrepetibles, ninguno es igual al otro pese a llamarse de forma similar: cada amanecer o atardecer es distinto del anterior, el paso de una estación a otra, el resurgimiento de la vida en la primavera, un aguacero torrencial o una lluvia de menor intensidad, una tormenta de rayos, relámpagos , truenos….



La naturaleza, en su infinita generosidad, nos regala momentos de absoluta belleza que muchas veces pasan desapercibidos por el ritmo vertiginoso de nuestras vidas. Basta detenerse un instante, respirar profundamente y abrir los ojos y los sentidos para notar su magnificencia en los pequeños y grandes detalles.



El sonido de una cascada, por ejemplo, no es solo un estruendo de agua golpeando las rocas. Es una sinfonía en la que cada gota encuentra su lugar en una melodía única, armónica y constante. El agua, al caer desde las alturas, refleja la luz en pequeños destellos, creando arcoíris que se desvanecen tan pronto como aparecen, como si fueran secretos que la naturaleza susurra al viento.



El correr de un río es otro espectáculo irrepetible. Su curso cambia con el tiempo, con las estaciones y las lluvias, pero siempre sigue su camino, abrazando las piedras y moldeando el paisaje a su paso. Es un testigo mudo del paso del tiempo, cargando consigo historias de tierras lejanas, trayendo vida a todo lo que toca, desde el más diminuto insecto hasta los imponentes árboles que crecen en sus orillas.



Y qué decir del rocío matutino. Esa alfombra de diminutas gotas que cubre los campos al amanecer, brillando como joyas bajo los primeros rayos del sol. Cada gota es una promesa de vida, una pequeña muestra del ciclo interminable de la naturaleza, que se renueva día tras día, sin pedir nada a cambio.


La neblina, por su parte, envuelve la tierra en un manto suave, casi etéreo. Caminar entre la niebla es como adentrarse en un sueño, donde los contornos se difuminan y el mundo parece más callado, más introspectivo. Es un recordatorio de que no siempre necesitamos ver con claridad lo que tenemos enfrente, que a veces la belleza está en lo difuso, en lo que no comprendemos del todo.


Cada fenómeno natural es una invitación a conectarnos con algo más grande, a recordar que somos parte de este mundo en constante movimiento y transformación. La naturaleza no solo es un escenario, es la protagonista de una obra que se reescribe a cada instante, en cada rincón, y nosotros, como espectadores, tenemos el privilegio de maravillarnos ante su espectáculo eterno.










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