Mecanografía

 Mi madre, en su afán de apoyarme en mi carrera, me consiguió una reliquia: una máquina de escribir «Underwood», de aquellas que ya para finales de los años ochenta era considerada una pieza del pasado. Era de metal sólido, pesada y resistente, con el característico clic-clac de cada tecla al ser presionada. Aunque tenía sus años, estaba en perfecto estado. Mi madre se encargó de que estuviera bien engrasada, con todas sus teclas funcionando impecablemente, como si quisiera asegurarse de que no habría obstáculo alguno en mi camino hacia el ejercicio del derecho.

Durante mis catorce años de profesión, esa máquina fue mi compañera fiel. Con ella, en la tranquilidad de mi casa, redacté demandas, informes, alegatos y toda clase de escritos jurídicos. Cada documento era cuidadosamente mecanografiado, letra por letra, con la precisión y el rigor que mi labor exigía. Al final, esa vieja Underwood no solo era una herramienta de trabajo, sino también un símbolo de la dedicación y el esmero que mi madre puso en apoyarme, y que yo traté de reflejar en cada página que produje.

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