Tres horas de garantía

Para un viaje que debe durar aproximadamente una hora y veinte minutos, yo me doy un margen de tres horas entre la salida de casa y la hora que se supone que deba empezar mi jornada laboral.





Ahora vivo en Botkyrka, una comuna que aunque pertenece a Estocolmo dista un tanto de mi centro laboral.


El transporte público capitalino es eficaz y puntual por regla, pero previendo la excepción y el estrés que la misma provoca, me regalo el doble del tiempo que usualmente ocuparía en  desplazarme. Ese margen de tres horas es mi seguro contra imprevistos: trenes retrasados, cambios inesperados de clima, o cualquier otra anomalía que pudiera convertir mi viaje en un caos. 


Salgo temprano de casa, sabiendo que llegaré con suficiente antelación para evitar el agobio del tiempo apremiante. Es una rutina que me da tranquilidad. En ese lapso, me permito escribir en mi blog,  escuchar música o simplemente observar cómo la ciudad despierta. 

Ahora, mientras otros corren contra el reloj, yo disfruto de mi tiempo, con la certeza de que esas tres horas de margen me regalan calma en lugar de estrés.


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