Cosas de festivales.2. Y así comenzó todo….
El sol ardía con intensidad en el cielo de Pinar del Río, cuando los integrantes del Conjunto Folclórico Universitario se preparaban en los bastidores para su gran momento. Era el año 1986, y este joven grupo de artistas, con apenas un año de existencia en su segunda etapa, estaba a punto de pisar un escenario donde nadie esperaba que brillaran con tanta fuerza. La obra que presentarían era "Ciclo Congo", una pieza que, aunque arraigada en las profundas tradiciones afrocubanas, llevaba el sello particular de la energía y frescura de la juventud universitaria.
Al margen del nerviosismo, el ambiente en el festival estaba cargado de camaradería. Agrupaciones de todas partes del país, desde La Habana hasta Santiago de Cuba, se reunían para mostrar lo mejor de sus talentos. Los ensayos habían sido intensos y el grupo, aunque joven, sentía el peso de representar a su universidad y, sobre todo, el orgullo de su identidad cultural.
La expectación era alta, pero pocos imaginaban lo que estaba por suceder cuando el telón se levantó y los primeros tambores resonaron en la sala. Los movimientos sincronizados de los bailarines, las melodías profundas y evocadoras, y el poder simbólico del "Ciclo Congo" empezaron a tomar vida ante el público. Cada golpe de tambor parecía contar una historia antigua, de lucha, resistencia y celebración.
La energía en el escenario era palpable, los cuerpos vibraban al compás de los ritmos ancestrales, y el público no pudo resistirse a la magia que se desplegaba ante sus ojos. El Conjunto Folclórico Universitario no solo estaba presentando una obra, estaban ofreciendo un homenaje a las raíces afrocubanas y, al mismo tiempo, demostrando que la juventud también tiene la capacidad de canalizar el arte con maestría.
Cuando la última nota resonó y el escenario quedó en silencio, la respuesta fue inmediata: ovaciones de pie, aplausos ensordecedores y vítores que retumbaron por toda la sala. El jurado, el público, incluso los otros artistas, todos se rindieron ante la calidad y el corazón de aquella actuación. El Conjunto Folclórico Universitario había ganado más que un primer premio: habían ganado el respeto y la admiración de todos los presentes.
Esa noche, en la Villa del Festival, aunque no hubo ron como prometió Chuchi, el ambiente era de celebración. El triunfo en el festival era solo el comienzo de una travesía artística que quedaría para siempre en la memoria de quienes formamos parte de ese momento glorioso.




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