Del lenguaje…. de adentro y de afuera.
Vivir mi infancia, adolescencia, juventud y parte de mi adultez en La Víbora fue como tener un boleto de acceso a un sinfín de posibilidades.
A lo largo de los años, conocí a todo tipo de personas: vecinos, compañeros de estudio, amigos y otros. .
No todos decidieron seguir el camino del respeto a las normas establecidas por la sociedad, y algunos, como resultado de sus decisiones, fueron alejados temporalmente. Los enviaban a centros especializados en trabajo o estudio para “corregir” su conducta y, tras un tiempo, eran reinsertados en la sociedad.
Al regresar, estos amigos traían consigo nuevos hábitos, maneras de comportarse y, sobre todo, un vocabulario que era casi un idioma aparte.
Hablaban en español, sí, pero las palabras parecían tener otro significado, como si hubieran sido sacadas de un diccionario secreto. En nuestras conversaciones, a menudo me encontraba rascándome la cabeza y preguntándoles: “¿Qué me quieres decir con eso?” ¡Era como si hablasen en código!
Recuerdo especialmente a uno de mis amigos que, en varias ocasiones, fue “invitado” a pasar un tiempo en esos centros. Cada vez que regresaba, era una experiencia casi surrealista hablar con él. Usaba una jerga marginal, o lo que algunos llamaban “jerga carcelaria”, que al principio me resultaba incomprensible. Pero ahí estaba él, siempre dispuesto a descifrar el misterio: “Esto significa tal cosa, y aquello quiere decir esto otro”. Y así, entre explicaciones, me sumergía en un fascinante proceso de retroalimentación.
Lo más interesante era escuchar un mundo completamente ajeno a mi día a día, una realidad que no formaba parte de la vida en libertad. A través de esas palabras y expresiones, entendía un poco más cómo funcionaba la vida para aquellos que habían elegido un camino distinto. Cada conversación era una pequeña ventana a un universo diferente, ¡y vaya si lo disfrutaba!




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