Vicentico Valdés

 

Su voz, inmortalizada en grabaciones sigue siendo mágica, su forma de interpretar el bolero, inigualable.

Desde niño, allá en La Vibora de mi infancia, en La Habana de mi juventud y mi vida de adulto hasta que decidí mudarme y continuar escuchándolo fascinado, sigo admirándolo.

La posibilidad de acceder a internet y a YouTube avivó en mí una curiosidad que había permanecido dormida durante años. Había crecido con la voz de Vicentico Valdés resonando en la casa de mi madre, esa casa que guardaba los secretos de mi infancia en La Víbora, en La Habana. Cada una de sus canciones era un susurro del pasado, un puente que me conectaba con los días soleados de mi juventud, con las tardes en que el bolero llenaba cada rincón de nuestro hog Cuando finalmente lo vi en la pantalla del ordenador, el impacto fue abrumador. No era solo la voz, era su presencia, su forma de moverse, su manera de interpretar, como si con cada palabra y cada gesto reviviera aquellos momentos que solo habían existido en mi imaginación. Ver a uno de mis ídolos frente a mí, aunque fuese a través de una pantalla, me llenó de una emoción que no esperaba. Fue como si el tiempo se hubiera detenido por un instante, y Vicentico, con esa magia que siempre tuvo, me transportara de vuelta a las noches cálidas de La Habana, cuando su voz era el eco de la felicidad sencilla y pura.


La nostalgia estaba allí, sí, pero no era tristeza. Era una especie de alegría serena, el gozo de poder reconectar con esos fragmentos de mi pasado que creía olvidados. Verlo cantar, aunque fuera en un video, me permitió sentir que, de alguna manera, esos días no estaban tan lejanos. Era como si estuviera de nuevo en casa, rodeado de esas melodías que daban forma a mi vida, viviendo una vez más esos momentos que el tiempo no ha podido borrar.







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