1ro. de septiembre.

 




La mañana se presentaba distinta: aromas y colores heraldos del comienzo de una rutina que se extendería hasta casi finales de junio del año siguiente.


La ropa nueva, recién planchada, y los zapatos brillantes aguardaban, junto a los calcetines, perfectamente colocados. Todo estaba preparado. La misión del desayuno, cumplida y disfrutada. La expectativa de reencontrarse con los demás, tras dos meses de ausencia física, de no escuchar sus voces, de no compartir juegos, conversaciones, ni momentos juntos, era intensa. Nos encontrábamos ansiosos por volver a estar en el mismo espacio, atentos y expectantes, aprendiendo y asimilando durante gran parte del día. Formábamos fila para recibir la merienda o para el almuerzo, nos despedíamos y prometíamos vernos al día siguiente, repitiendo la rutina de lunes a viernes. Participábamos en los actos de saludo a la bandera o en la recitación de consignas impuestas, sin saber que formábamos parte de una sociedad destinada al fracaso, adoctrinados y manipulados desde la infancia en una trama que, ni nosotros ni muchos de nuestros padres, logramos percibir.


Nos obligaron a prometer lealtad a figuras controvertidas, a ideales que no comprendíamos. Se nos presentaba a Ernesto Guevara de la Serna, “El Che”, como un modelo a seguir, sin entender la complejidad y las contradicciones de su legado.


A pesar de ello, me enfoqué en absorber la riqueza del conocimiento impartido durante esos primeros años. Descarté lo que consideraba negativo y dañino, y llegué a amar a mis maestros por ser los pilares intelectuales de lo que soy hoy.


Pero, por encima de todo, amé el inicio de cada curso escolar.

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