¿ Militar yo ?
El Entrenamiento Militar en la Universidad: Una Experiencia Inolvidable.
Durante el cuarto año de mi carrera universitaria, enfrenté un desafío inusitado: un entrenamiento militar obligatorio de cuatro semanas en el pintoresco municipio de Habana del Este.
Este riguroso programa buscaba prepararnos para cualquier eventualidad, incluso un hipotético ataque enemigo, cuya posibilidad siempre flotaba en el aire, aunque de manera abstracta.
Confieso que nunca me consideré material militar. "Marchar no es lo mío", solía pensar, prefiriendo caminar a mi propio ritmo. Sin embargo, el programa incluía tanto clases teóricas como prácticas que abarcaban desde el ensamblaje y desensamblaje de los imponentes fusiles AK 47 hasta la puntería.
A pesar de la rigidez del entrenamiento, hubo momentos de humanidad y camaradería.
Recuerdo especialmente un día en el que, al igual que mis compañeros, me tocó colaborar en la cocina. Entre pelar papas y servir refrescantes jarras de agua durante el almuerzo, encontré un sentido de pertenencia y solidaridad.
No obstante, mi compromiso con el arte me otorgó un inesperado respiro. Como miembro del Conjunto Folclórico Universitario, tuve el honor de viajar a Nicaragua, lo que me permitió ausentarme durante una de las semanas.
Además, las tardes se liberaban para mí gracias a los ensayos de la clausura de los Juegos Panamericanos que tendrían lugar en La Habana, lo que no era del todo del agrado del sargento, pero eso poco me importaba.
Uno de los momentos más desafiantes fue la prueba de tiro al blanco.
La tensión de tener que acertar al menos una vez para aprobar era palpable. Tras fallar durante el día, recurrí a una táctica insólita por la noche: me cubrí el ojo izquierdo con un pañuelo, apunté con calma y disparé.
El sonido metálico del proyectil impactando en el blanco fue la música más dulce para mis oídos, llenando mi espíritu de una profunda tranquilidad.
La noche de maniobras fue otra aventura.
Con la misión de capturar a un "grupo enemigo" representado por estudiantes de la facultad de lenguas extranjeras, el ingenio se mezcló con la estrategia.
Curiosamente, mi cantimplora no contenía agua, sino una mezcla más "espirituosa" de alcohol con limonada, al igual que algunos de mis compañeros.
¿Encontramos al enemigo?
Esa es otra historia.
Al finalizar el entrenamiento, mi camino me llevó directamente a los ensayos en el estadio panamericano, donde la danza y la cultura me esperaban para celebrar la diversidad y el talento en los Juegos Panamericanos.
Esta experiencia, con sus altibajos, sus momentos de tensión y sus inesperadas alegrías, quedó grabada en mi memoria.






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