¿ Por qué?
¿ Por qué?
El plato de comida estaba servido.
Arroz blanco, desgranado, brilloso, por la manteca que mi madre le había puesto por encima un beef steak ( bisté según pronunciación cubana ) bien frito , con pequeñas lagunitas de aceite marrón por la combinación de los condimentos: cebollas doradas por la manteca hirviente al calor del fuego que calentaba la negrísima sartén. Oloroso, apetitoso, irresistible, irreverente invitación a deglutirlo, masticarlo, tragarlo, engullirlo y digerirlo.
Entonces para culminar la trilogía divina : las doradas algunas y marrones las otras…. las papitas fritas.
El placer visual y oloroso que aquello provocaba en mí activaba mis papilas gustativas y la secreción no se hacía esperar.
Estando en esos menesteres, llegaba ella a perturbar mi calma a sabiendas que su acción desencadenaba una perreta infantil sin límites, sin espacio al raciocinio. Era como destapar mi caja de Pandora y todos mis demonios infantiles, salían a pelear a gritar a llorar.
Ella, la anciana Aracelia, nuestra vecina. Corta de estatura, mirada astuta detrás de sus espejuelos y sonrisa pícara, sabía cómo activar mi locura infantil.
Lo único que hacía era tomar una sola papita frita de mi plato y eso detonaba la bomba interior.
Dejaba el plato en la mesa y salía disparado de la casa.
Mi madre, compasiva me freía más papitas y Aracelia que ya se había comido esa única papita frita, sonreía con picardía.
Justo hoy me pregunto por qué ella lo hacía.
¿Para hacerme la vida miserable ?
No lo creo.
¿Sería su peculiar manera de educar, envuelta en humor y picardía?


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