11 de julio de 1991

 Y llegó el tan añorado día.

Con la excepción de la camisa blanca, vestía de color gris: zapatos de punta fina, saco de doble botonadura.

Estaba inusualmente no sudoroso teniendo en cuenta que era la segunda vez que me ponía ese traje y el calor habitual del mes de julio.

Lugar : Aula Magna de la Universidad de La Habana

El Aula Magna de la Universidad de La Habana en un día de graduación en 1991 se presentaba majestuosa y solemne. El recinto, con sus paredes revestidas de mármol y sus columnas imponentes, estaba impregnado de historia. 
El aire en la sala se sentía denso, no solo por el calor de julio, sino también por la carga emocional del momento.
Las sillas de madera estaban dispuestas en filas ordenadas, y a pesar de la falta de togas y birretes, los trajes y vestidos elegantes de los presentes conferían un aire de ceremonia. 


El murmullo de las conversaciones previas al acto oficial era un eco constante bajo el techo alto, mientras los padres, familiares y amigos buscaban con la mirada a sus seres queridos, ansiosos por el inicio. Los abanicos improvisados con papeles no eran suficientes para disipar el calor, pero las sonrisas y los nervios llenaban el ambiente de una energía vibrante.

La emoción se percibía en los rostros, cada gesto reflejaba un orgullo contenido, y para los graduados, el día representaba no solo el final de un camino, sino el inicio de un nuevo capítulo. 
La ausencia de la toga y el birrete no restaba solemnidad; al contrario, le daba un toque especial, un sentido de autenticidad. Se respiraba el anhelo de independencia y la esperanza de poner en práctica el conocimiento adquirido en las aulas.
Cuando finalmente comenzó la ceremonia, la voz resonante del maestro de ceremonias rompió la expectación, y el Aula Magna se sumió en un silencio atento, solo interrumpido ocasionalmente por el crujido de las sillas o el lejano sonido de la ciudad que apenas llegaba a filtrarse desde el exterior. 
Era un momento para recordar, un lugar donde la historia y el futuro se encontraban, y cada egresado sabía que llevaba consigo una parte de aquella emblemática universidad.

Por razones especiales, me tocó sentarme en primera fila….
Recibiría algo más que el diploma en el que se podía leer
« El rector de La Universidad de La Habana, en el uso de las facultades conferidas….. otorga el presente título de Licenciado en Derecho a Saúl Pérez Valdés »…

…. mi nombre se mencionó para bien, durante el acto.





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