Experiencia religiosa.
Recuerdo claramente aquella Nochebuena en La Habana, durante la década de los noventa. No era común en mi familia asistir a la iglesia, pero aquella noche decidí acompañar a mi madre a la Misa del Gallo.
Era la primera y única vez que participaría en esa tradición, y no sabía exactamente qué esperar.
La iglesia estaba en el corazón de La Víbora, mi barrio.
Al llegar, la vi iluminada de una manera que me llamó la atención. Las luces de Navidad adornaban el exterior, y una fila de personas iba entrando al recinto. Me sorprendió la cantidad de gente que había, muchas familias con niños pequeños, todos vestidos con sus mejores ropas. A medida que nos acercábamos, escuchaba los murmullos de las conversaciones, mezclados con los villancicos que resonaban desde adentro.
Cuando entré, me impresionó la calidez del ambiente. Aunque La Habana nunca es fría, había algo en ese lugar que se sentía cálido en otro sentido, como una mezcla de fe y comunidad. Las bancas de la iglesia estaban llenas, y nosotros nos acomodamos en un rincón, cerca de una ventana abierta. Desde allí podía ver cómo la luz de los vitrales coloreaba el interior de tonos suaves.
La misa empezó con el sonido solemne del órgano, y todos nos pusimos de pie. El sacerdote habló con una voz pausada, recordando la historia del nacimiento de Jesús en Belén. Me sorprendió lo mucho que sus palabras resonaron conmigo, a pesar de no ser un fiel devoto. Habló de esperanza y de renovación, temas que en esos años difíciles en Cuba tenían un peso especial. La situación económica era complicada, y muchos enfrentábamos el día a día con incertidumbre. Pero en ese momento, mientras la iglesia se llenaba de cánticos, sentí que todos compartíamos algo más profundo: un deseo de paz, de algo mejor.
Uno de los momentos más emotivos fue cuando todos nos inclinamos ante el pesebre que habían colocado al frente del altar. Era una representación sencilla del nacimiento de Jesús, pero cargada de significado. Las personas pasaban una a una, encendiendo velas y haciendo pequeñas oraciones. Yo observaba en silencio, intentando comprender la devoción que inspiraba esa escena.
La misa continuó entre cánticos y oraciones. En un momento, mientras todos cantaban “Noche de Paz”, sentí una extraña mezcla de tranquilidad y reflexión. No había estado nunca en una misa de medianoche, y el hecho de que esta fuera en Nochebuena, con todos unidos en un mismo propósito, me hizo sentir parte de algo más grande.
Cuando la misa terminó, las personas salieron de la iglesia con una calma diferente, como si la experiencia hubiera limpiado sus corazones de los problemas cotidianos. Afuera, el aire de la Habana nocturna era fresco, y las luces navideñas seguían parpadeando en las casas cercanas.
Esa fue mi única participación en la Misa del Gallo, pero se quedó conmigo para siempre. No por razones religiosas, sino por la sensación de comunidad, de esperanza en tiempos difíciles, y por la manera en que esa noche me mostró un lado de la fe que nunca había experimentado antes.




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