En la televisión mexicana
México en mi memoria.
Recuerdo claramente aquella mañana en Campeche, en 1998.
El sol bañaba las calles de la ciudad con una luz suave, y el calor aún no era insoportable. Nos dirigíamos a uno de los canales de televisión locales para una entrevista con Domingo Pau, nuestro director artístico y coreógrafo. Nos habían invitado a hacer una corta presentación, algo sencillo, pero lo suficientemente importante como para mostrarnos ante las cámaras.
La emoción del grupo era palpable, aunque yo estaba más curioso que nervioso. Después de todo, ya habíamos tenido varias presentaciones en otras partes, pero esta vez había algo diferente en el ambiente.
Cuando llegamos al estudio, todo el mundo estaba corriendo de un lado a otro, ajustando luces, micrófonos, cámaras. Domingo se veía relajado, como siempre, pero a la vez concentrado en lo que íbamos a hacer. Los bailarines, por otro lado, estábamos un poco expectantes, esperando nuestro momento.
Pero lo que de verdad capturó mi atención fueron tres figuras inusuales que estaban preparándose para su propia presentación: tres monjes tibetanos. Yo no tenía idea de que estarían allí, mucho menos que compartiríamos el espacio con ellos. Estaban tranquilos, casi ajenos al bullicio de la producción, con una serenidad que contrastaba con el ritmo frenético del estudio.
Los monjes iban a ofrecer una pequeña demostración de lo que más tarde presentarían en el teatro principal de la ciudad, como parte de un espectáculo más grande. Me llamó la atención que su representante era nada menos que Richard Gere, el famoso actor. No es que lo viéramos, claro, pero saber que estaba vinculado a este grupo le dio a la situación un aire de curiosidad extra.
Cuando finalmente llegó el momento de ver su presentación, quedé completamente fascinado. Ellos no hablaban mucho, pero lo que hicieron fue profundo. Una meditación acompañada de sonidos guturales que resonaban en todo el estudio, creando una atmósfera que parecía suspendida en el tiempo. Nunca había presenciado algo así. Sentí que, por unos momentos, el ajetreo habitual del entorno desapareció y solo quedaba la energía de esos sonidos tan únicos. Era como si todo el espacio hubiera sido envuelto en una burbuja de calma, algo extraordinario para un lugar tan cargado de movimiento.
Nosotros, los bailarines, también hicimos lo nuestro, pero honestamente, mi cabeza seguía dándole vueltas a lo que acababa de presenciar. Me dejó pensando el resto del día.






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