¿Un buchito de café?


 Recuerdo que aquel día el sol apenas había salido cuando mi madre me despertó. Era uno de esos días de trabajo voluntario, pero yo no entendía muy bien de qué se trataba. Para mí, era solo otro día en el campo, rodeado de montes y gente apurada recogiendo café. Mi madre, siempre fuerte, me preparó un desayuno rápido y nos pusimos en marcha.


El camino hacia los cafetales era largo, y a mi corta edad, cada paso parecía más grande de lo que realmente era. Llegamos al Cordón de La Habana, una zona donde se cultivaba el café que, según decían, era uno de los mejores. La brisa de la mañana tenía un olor dulce, como a tierra mojada, mezclado con ese aroma que luego supe que venía de los granos de café. Aunque era aromático, a mí no me decía nada especial.



Nos dieron unas latas enormes para recoger los granos, y cuando me entregaron la mía, pensé: “Esto pesa más que yo”. Los adultos, acostumbrados a estas tareas, se movían rápido, como si fueran parte de la tierra misma. En cambio, yo solo podía mirar la lata, preguntándome cómo iba a llenarla si cada vez que echaba un puñado de granos, el fondo apenas se cubría.


Las plantas de café eran altas para mí, y los granos no se recogían solos. Había que arrancarlos con cuidado, uno por uno, y si se te caía alguno, bueno… eso era un esfuerzo perdido. Pronto mis manos se cansaron, y el sol que al principio me parecía cálido, ahora solo me quemaba la nuca.


Mi madre, siempre atenta, me animaba a seguir. “Vas bien, mi hijo”, me decía con una sonrisa mientras su propia lata se llenaba mucho más rápido que la mía. Yo solo quería terminar y jugar, pero en ese ambiente no había tiempo para juegos. Todos estábamos allí para cumplir, aunque yo no entendía por qué era necesario. Para mí, era solo un día más con mi madre, pero con una tarea que no tenía fin.

Finalmente, al caer la tarde, miré mi lata. Apenas estaba llena por la mitad. Sentí una mezcla de frustración y alivio. Había hecho lo mejor que podía, pero nunca me habría imaginado lo difícil que era recoger cada uno de esos granos. Sabía que al día siguiente volveríamos a lo mismo, pero también sabía que el café nunca sería algo que me importara. Mientras la gente se deleitaba con una taza caliente, yo solo podía pensar en lo que costaba recolectar cada grano bajo ese sol inclemente.



Esa fue la primera vez que entendí, aunque aún siendo niño, que no todo lo que tiene buen aroma viene sin esfuerzo.

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