Batey
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ese gran protagonista de nuestros patios y tendederas, tan infalible como indeseado. Aquella pastilla, más parecida a una herramienta de construcción que a un producto de higiene, reinaba en el ritual semanal de las madres cubanas. De un color mostaza indefinible, entre marrón y amarillo sucio, su olor era inconfundible. No era precisamente el tipo de aroma que quisieras llevar contigo todo el día, pero era lo que había. Era el enemigo que todos aceptaban sin cuestionar.
Con ese pequeño ladrillo en mano, nuestras madres libraban batallas épicas contra manchas rebeldes y olores penetrantes, frotando con tanta fuerza que parecía que el jabón estaba decidido a desgastar la ropa antes que limpiarla. Y ahí estaban nuestras prendas, una y otra vez, sumergidas en una mezcla de agua y Batey, donde los colores parecían desvanecerse antes que la suciedad.
A pesar de su dureza y su tacto áspero, el Batey no perdonaba. No solo eliminaba la mugre, sino que también se llevaba consigo un poco de tela con cada lavado, asegurando que nuestra ropa terminara más delgada y frágil con cada batalla semanal. No era raro ver camisas que, después de un par de meses, parecían más papel de cebolla que algodón.
El Batey, en su ironía, era una metáfora perfecta de la resistencia cotidiana. Porque, al final, no importaba lo difícil que fuera la tarea o lo áspero que resultara el proceso, siempre se lograba, a base de frotar y persistir, dejar la ropa limpia… o lo más cerca de limpia que se podía esperar con aquel jabón legendario.







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