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Recuerdo aquellos días en La Víbora, cuando yo tenía 16 años y el barrio entero parecía vibrar con su propio ritmo. Había algo especial en caminar por las calles adoquinadas, el olor a pan de la panadería de la esquina mezclado con la brisa fresca que bajaba por las colinas. Pero lo que realmente me emocionaba era la llegada del jueves, el día en que aparecían en el kiosko las publicaciones que más esperaba: Dedeté y Palante.
El kiosko quedaba a unas cuadras de mi casa, y ya desde temprano me daba una vuelta por ahí para asegurarme de que las revistas hubieran llegado. El hombre del kiosko ya me conocía bien. Apenas me veía aparecer, sonreía y señalaba con la cabeza hacia los estantes donde se acomodaban las primeras copias. Yo, sin decir nada, sacaba las pocas monedas que tenía y me llevaba esas páginas que me hacían reír, pensar y, sobre todo, entender la vida desde otro ángulo.
Recuerdo sentarme en el portal de casa, con las revistas dobladas bajo el brazo, y abrirlas como si fueran un tesoro. No había muchas cosas en la vida que me emocionaran tanto como esas caricaturas y relatos satíricos. Dedeté siempre tenía ese toque irónico, esa crítica velada que yo, a mis 16 años, apenas empezaba a comprender, pero que disfrutaba igual. Y Palante… bueno, Palante era otra cosa. Tenía un humor más directo, más cercano a lo que vivíamos día a día en el barrio. La burocracia, las colas, la escasez, todo estaba ahí, en blanco y negro, pero contado de una manera que, aunque la situación fuera la misma, te arrancaba una sonrisa.



Había días en que no podía esperar a llegar a casa. Me sentaba en el parque frente a la Iglesia de Jesús del Monte y, bajo la sombra de los árboles, me zambullía en esas páginas. Los personajes de las historietas se parecían tanto a la gente que conocía en el barrio que, a veces, me sorprendía pensando si los caricaturistas pasaban por aquí en secreto para inspirarse. El bodeguero de la esquina, el tipo que se creía jefe de algo y no resolvía nada, los “inventores” que siempre aparecían con algo bajo el brazo… todo estaba reflejado en esas páginas.
Y es que cada semana, sin falta, me dedicaba a leerlas hasta el último rincón. No me perdía ni un detalle, ni un pie de página, ni una viñeta. Para mí, esas publicaciones no eran solo entretenimiento, eran una manera de procesar lo que sucedía a mi alrededor. Me reía de cosas que en la vida diaria me frustraban, y eso, de algún modo, me hacía sentir un poco más ligero, un poco más libre.
Pero, con el tiempo, algo comenzó a cambiar. Las ediciones empezaron a hacerse menos frecuentes, las páginas más delgadas. No me di cuenta al principio, pero algo dentro de mí ya sentía que esos días gloriosos de reírme a carcajadas con una caricatura estaban contados. Llegaba al kiosko, emocionado como siempre, pero a veces me iba con las manos vacías, porque no había llegado la nueva edición. El hombre del kiosko, que solía tener una sonrisa para mí cada jueves, empezó a encoger los hombros cada vez que me veía aparecer.
Un mal día, finalmente, las publicaciones dejaron de llegar del todo. Fue como un golpe seco, como si alguien me hubiera quitado una parte de mí que yo daba por sentado. No hubo explicaciones, no hubo despedidas, simplemente un vacío donde antes había risa, ironía y crítica. 
Recuerdo caminar de regreso a casa aquel día, sin las revistas bajo el brazo, sintiendo que algo en el aire de La Víbora también había cambiado.

Al principio pensé que sería temporal, que la semana siguiente aparecerían de nuevo.

 Pero no fue así. 

Semana tras semana volvía al kiosko, más por costumbre que por esperanza, solo para ver el mismo estante vacío. Dedeté y Palante habían desaparecido, y con ellos, una manera única de enfrentar la vida en Cuba, de reírse de lo que muchas veces parecía irremediable.
Con el tiempo, claro, aprendí a lidiar con la ausencia. Pero aún hoy, cuando recuerdo aquellos años en La Víbora, no puedo evitar sonreír al pensar en las tardes que pasaba leyendo, riendo en voz alta y compartiendo con los amigos las viñetas que nos hacían sentir menos solos en el caos del día a día. Porque aunque los tiempos cambien, hay algo en el humor, en la risa compartida, que nos mantiene a flote, incluso cuando todo lo demás parece desmoronarse.


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