Patinador
Primero llegó la chivichana. Ese fue mi primer acercamiento a los patines.
Alguien me regaló la parte de atrás de unos patines de hierro, viejos, pero con un rodamiento muy bueno que hacía que junto con las cajas de bolas de la parte delantera, mi chivichana se deslizara muy bien.
Luego llegaron ( realmente mi madre me compró mis primeros y únicos ) los patines de plástico, con una capacidad de deslizamiento menor que la de sus predecesores metálicos, pero era lo que tenía. Así que los usé y disfruté a plenitud.
Me acuerdo que después de los patines de plástico, mi vida giraba alrededor de ellos. Aunque no eran tan rápidos como los de hierro que tenía en la chivichana, yo me las arreglaba para disfrutar cada rodada. Mis amigos y yo hacíamos competencias en la cuadra. A veces bajábamos por la loma, ¡qué emoción! Claro, había que tener cuidado de no caer porque la acera no era muy pareja que digamos. Pero a mí no me importaba, yo solo quería ir más rápido.
Había días en los que pasábamos horas patinando. Lo divertido era inventar cosas nuevas, como carreras de obstáculos, o ver quién podía hacer el giro más rápido sin caerse. Lo más difícil era cuando alguna rueda se trababa o se salía, entonces tenía que correr a casa a arreglarla con lo que tuviera a mano. Mi mamá siempre me decía que tuviera cuidado, pero yo me sentía como un campeón cada vez que lograba arreglarlos y volver a salir a la calle.
Lo que más me gustaba era que, aunque fueran simples, esos patines me daban la posibilidad de explorar mi barrio de una manera nueva, como si las calles fueran pistas de carreras diseñadas solo para mí.





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