Mercados de Navidad

 Estocolmo – Un invierno acogedor y mágico



Era una fría tarde de diciembre de 2022, cuando llegué al corazón de Estocolmo, envuelto en mi abrigo más cálido y con la emoción de descubrir uno de los mercados de Navidad más pintorescos de Europa. La ciudad estaba envuelta en un manto de nieve ligera que caía delicadamente, dándole un aire mágico a las calles adoquinadas. Como cubano, acostumbrado al calor tropical, sentir el frío nórdico y ver el aliento salir en forma de pequeñas nubes era algo nuevo y emocionante.


El mercado de Navidad de Stortorget, en el casco antiguo de Gamla Stan, era mi destino. Al acercarme, la atmósfera cambió por completo. Las luces cálidas colgaban entre los edificios medievales, creando un contraste encantador con el frío de la tarde. Las pequeñas cabañas de madera, adornadas con guirnaldas y estrellas, ofrecían desde dulces tradicionales suecos hasta decoraciones navideñas hechas a mano.


El aire estaba impregnado del aroma del glögg, el vino caliente especiado que los suecos beben en Navidad. No pude resistirme y compré una taza. El calor del líquido me reconfortaba las manos y el cuerpo, y su sabor, con notas de canela, cardamomo y clavo, era sencillamente delicioso. Mientras caminaba entre los puestos, probé algunos pepparkakor, las famosas galletas de jengibre suecas, crujientes y con un sabor dulce especiado. El ambiente era acogedor y las sonrisas de la gente, cálidas. Los cantos navideños, interpretados por un coro local, resonaban entre las estrechas calles, haciendo que todo se sintiera aún más festivo.


Al final del día, me detuve frente al gran árbol de Navidad en el centro de la plaza, sus luces titilando contra el cielo oscuro de Estocolmo. Sentí que había experimentado algo verdaderamente único: la mezcla de la tradición sueca, la magia del invierno y el calor de la hospitalidad nórdica.


Lisboa – La Navidad con brisa atlántica




A unos días de mi aventura en Estocolmo, aterricé en Lisboa. El cambio de clima fue inmediato: aunque era diciembre, el frío de Suecia había quedado atrás, y en su lugar me recibió una brisa fresca pero mucho más suave. La Navidad en Lisboa tenía un sabor diferente, mezclado con la calidez de la cultura portuguesa y el mar que parecía acompañar cada rincón de la ciudad.


El Mercado de Natal de Lisboa, ubicado en la Praça do Comércio, estaba a orillas del Tajo, con un ambiente festivo muy característico. Las luces navideñas adornaban la gran plaza, iluminando los imponentes edificios amarillos que la rodean. A lo lejos, se podía ver el puente 25 de Abril, creando una postal navideña única con el río y las luces de la ciudad.


Mientras paseaba entre los puestos, el olor a castañas asadas llenaba el aire. Compré un cucurucho de castañas y, con el calor de ellas en mis manos, me detuve a disfrutar del ambiente. La gente era amigable, el bullicio de las conversaciones en portugués resonaba alegremente, y los vendedores ofrecían desde artesanías locales hasta los famosos dulces portugueses como el bolo rei, una especie de rosca de reyes repleta de frutas confitadas.


Me detuve en un puesto donde servían ginjinha, un licor dulce de cereza típico de Portugal, servido en pequeños vasos de chocolate. El contraste entre el licor caliente y el chocolate que se derretía en la boca era sorprendentemente delicioso. Las luces navideñas brillaban sobre el río Tajo, y la música en vivo, con una mezcla de fados y villancicos, hacía que el ambiente fuera alegre pero a la vez nostálgico.


Lisboa, con su mezcla de tradición y modernidad, su brisa atlántica y su ambiente relajado, me ofreció una Navidad diferente, llena de colores, sabores y calidez.


Viena – Un cuento de hadas navideño




Finalmente, llegué a Viena, una ciudad que desde niño había imaginado como un lugar sacado de un cuento de hadas, con palacios, grandes avenidas y la música de Mozart flotando en el aire. En diciembre, Viena se transforma en una verdadera maravilla invernal, y yo estaba a punto de descubrir el famoso Christkindlmarkt, en la Plaza del Ayuntamiento.


El mercado de Navidad de Viena era simplemente majestuoso. Las grandes avenidas llevaban hacia la plaza, donde las luces navideñas iluminaban los árboles, las fachadas de los edificios y cada rincón del mercado. Todo parecía brillar. El ambiente era vibrante pero elegante, como solo Viena podía lograr. Caminé por los amplios pasillos del mercado, rodeado de puestos que vendían decoraciones navideñas hechas a mano, muñecos de nieve de cristal y, por supuesto, delicias vienesas.


El aroma de los wiener schnitzels, las salchichas y las pretzels llenaba el aire. No pude resistir la tentación y pedí un enorme pretzel caliente, crujiente por fuera y suave por dentro, que disfruté mientras paseaba entre la multitud. Cerca del gran árbol de Navidad, los niños se deslizaban en una pista de patinaje sobre hielo y el sonido de la risa llenaba el aire.


Al llegar a un puesto que vendía punsch, una bebida caliente de vino y ron, me detuve a probarla. El calor de la bebida era reconfortante, y con ella en mano, me acerqué a un grupo de músicos que tocaban villancicos clásicos. La música, la arquitectura gótica del Ayuntamiento y el ambiente festivo me hicieron sentir como si estuviera dentro de una película navideña.


Viena, con su grandiosidad y su historia, ofrecía una Navidad de ensueño. Mientras me despedía de la ciudad esa noche, con las luces brillando a mi alrededor y la música resonando en el aire, supe que había vivido la esencia de las Navidades europeas en su forma más mágica.


Cada una de estas ciudades me mostró una cara distinta de la Navidad, desde la calma invernal de Estocolmo hasta la calidez atlántica de Lisboa y la elegancia majestuosa de Viena. 





Para un cubano acostumbrado a los veranos interminables, estas experiencias navideñas fueron inolvidables.

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