Mi otro barrio, el primero….

 


Mi vida en el barrio de La Víbora, en La Habana, fue una etapa llena de recuerdos y vivencias que marcaron mi infancia y juventud. 

Crecí en un barrio donde todos nos conocíamos, las casas estaban llenas de vida, y las calles eran nuestro principal espacio de juego y socialización.



Recuerdo que en las mañanas el barrio se despertaba con los sonidos de los vendedores ambulantes. “¡Panadero!”, “¡Coquito!”, se oían sus voces mientras ofrecían sus productos por las calles. Los vecinos más viejos, esos que siempre estaban sentados en los portales, lo sabían todo del barrio. Eran como una especie de guardianes del lugar, observando cómo corríamos de un lado a otro. 



Los juegos en las calles eran el alma de nuestro día a día. No había celulares ni videojuegos, pero eso no nos hacía falta. Jugábamos a las bolas (canicas), al trompo, y uno de mis favoritos: la quimbumbia. La quimbumbia era una especie de béisbol improvisado, jugado con un palo y un trozo de madera. Nos reuníamos en las calles, y allí, entre risas y competencias, pasábamos las tardes bajo el sol habanero.


Mis amigos de esa época, con quienes compartía esos momentos, eran como hermanos.  Con ellos, el tiempo pasaba volando, y no importaba si teníamos que correr para evitar un carro que doblaba la esquina o si nuestras madres nos llamaban desde las ventanas para que regresáramos a casa.


Aunque no sobraba nada, siempre teníamos lo esencial, y el barrio mismo nos ofrecía ese sentido de pertenencia, de comunidad. Las tardes terminaban en los portales de las casas, donde, ya cansados de jugar, nos sentábamos a conversar, inventar historias, y soñar con lo que nos depararía el futuro.



Esos años en La Víbora me enseñaron a valorar las cosas simples, los pequeños detalles y, sobre todo, a las personas que me rodeaban. Aunque hoy vivo lejos de allí, siempre llevaré conmigo esos recuerdos, esas tardes de juego y esa sensación de pertenencia que solo La Víbora me pudo dar.

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