Monte y bosque

 Recuerdo la primera vez que caminé por un bosque en Suecia. Estaba acostumbrado al monte cubano, ese verde intenso que te abraza con humedad y calor desde el primer paso. En Cuba, el monte es como una fiesta tropical que nunca se detiene: el canto de los pájaros, el croar de las ranas, los grillos dando su concierto sin parar. Y las plantas… ¡por Dios! Te encuentras con una maraña de enredaderas, palmas y ese verde tan vivo que parece que las hojas van a echar raíces en tu piel.





Pero ese día en Suecia, cuando puse un pie en el bosque, fue como entrar en otro mundo. El primer golpe fue el silencio. No había ese bullicio tropical al que estaba acostumbrado. Aquí, el bosque sueco me recibió con un aire fresco y limpio, el tipo de aire que te deja los pulmones como nuevos. Caminaba entre pinos altos y abetos, y no veía esa locura de vegetación apretada del monte cubano. Aquí todo era más espacioso, como si los árboles supieran que tienen todo el espacio del mundo para crecer.


En Cuba, si das un paso en el monte, te quedas pegajoso, con el sudor y la humedad en la piel. En Suecia, en cambio, el frío te mantiene seco, hasta te sientes ligero. Mientras caminaba, me di cuenta de que en el suelo había algo que no había visto antes: musgo, mucho musgo, y pequeños arándanos y lingonberries. ¡Frutas del bosque! En Cuba, los frutos son más grandes, más jugosos, pero aquí eran estas pequeñas joyas rojas y azules que parecían esperarme en silencio.


El monte cubano es ruidoso, vibrante, casi caótico. Te cruzas con una jutía, ves una iguana pasar, o te topas con un grupo de mariposas gigantes que parecen volar en cámara lenta. En el monte, siempre hay algo que se mueve, como si la naturaleza estuviera en plena marcha. Pero aquí, en el bosque sueco, todo era… distinto. La fauna estaba, pero no la veías tanto. Sabía que había alces y zorros por ahí, pero no se mostraban. Era como si todo estuviera en modo de espera, en pausa.





Y claro, el clima era otra cosa. En el monte cubano, no importa si es mañana o tarde, el calor te aplasta, te envuelve. Pero aquí en Suecia, dependiendo de la estación, el bosque cambia de personalidad. En verano, el sol apenas se va y los días son largos, todo está lleno de luz. Pero cuando llega el otoño… ¡ahí sí que todo se transforma! Los árboles cambian de color, como si quisieran competir con el monte cubano en belleza, con sus tonos rojos, naranjas y dorados. 




Y en invierno, el bosque se viste de blanco, con una capa de nieve que lo cubre todo. Es una calma distinta, fría pero hermosa.




En Cuba, si me quedo quieto en el monte, siempre escucho algo: un pájaro, el viento, una rama rompiéndose, todo en constante movimiento. Aquí, en Suecia, si te quedas quieto en el bosque, puedes escuchar tu propia respiración. Es un silencio que te calma, que te da paz. Es como si el bosque te estuviera diciendo: “Tranquilo, aquí todo está bien”.







Así que ahí estaba yo, en un mundo que se sentía tan diferente al que conocía, pero que también tenía su propia magia. A veces extraño el calor y la vida intensa del monte cubano, pero el bosque sueco… el bosque sueco tiene una tranquilidad que te envuelve de una manera que nunca había experimentado antes. Es como si cada árbol, cada rama, cada pedazo de musgo supiera que tiene todo el tiempo del mundo para crecer, y no hay prisa por nada.


Cada vez que salgo al bosque en Suecia, me encuentro pensando en el monte cubano, y viceversa. Dos mundos tan distintos, pero igualmente fascinantes. ¡Y vaya que los he aprendido a disfrutar!


Cada vez que volvía del bosque sueco, me quedaba pensando en lo diferentes que son esos dos mundos, y cómo cada uno te cambia la forma de ver las cosas. Mira, en Cuba, uno va al monte como si fuera parte de la vida diaria. Vas a buscar frutas, cortar leña, o simplemente a caminar con ese calor pegajoso. Siempre había algo que hacer o descubrir, como si la naturaleza misma te invitara a formar parte de su ritmo caótico. Pero en Suecia, el bosque parecía tener otra intención: invitarte a detenerte, a reflexionar, a simplemente estar.


Un día, me animé a hacer una caminata en pleno invierno. Quería ver cómo se sentía el bosque con todo cubierto de nieve. Sabía que no iba a ser como caminar por el monte cubano, donde hay que estar atento a cada paso por si te tropiezas con una raíz o una roca escondida bajo la vegetación. Aquí, todo estaba cubierto por una capa suave de nieve que crujía bajo mis pies. El aire estaba tan frío que me hacía ver mi aliento, algo que, te digo, jamás había experimentado en Cuba.


A medida que avanzaba, noté algo que me recordó al monte, pero de una manera diferente. En Cuba, el monte siempre está lleno de vida. Aunque no veas a los animales, sabes que están ahí, moviéndose entre los arbustos o escondidos en los árboles. En Suecia, aunque todo parecía congelado, la vida también estaba presente, solo que oculta, esperando su momento. Me encontré con unas huellas en la nieve, probablemente de un alce, pero no vi al animal. Solo las huellas, como una especie de mensaje: “Estuve aquí, pero ahora no es el momento de vernos.”


Esa sensación de espera, de que algo grande podía aparecer en cualquier momento, era nueva para mí. En el monte cubano, si algo se mueve, lo ves. Ahí está la jutía o el tocororo, ahí está la iguana tomando el sol. Pero aquí, en Suecia, la naturaleza tiene otro ritmo. Es como si todo estuviera en pausa, acumulando energía para cuando llegue la primavera.


Y entonces llegó la primavera. Yo había escuchado de la transformación de los bosques suecos, pero una cosa es escuchar y otra cosa es verlo con tus propios ojos. Un día, salí de casa y el bosque, que había estado silencioso y blanco durante meses, había explotado en colores y vida. Todo lo que había estado dormido bajo la nieve ahora despertaba con una energía impresionante. Los pájaros habían vuelto, las flores empezaban a asomar entre el musgo, y los días, que habían sido tan cortos en invierno, se alargaban como si no quisieran terminar nunca.


Recuerdo una tarde en particular. Me senté en una roca, respirando ese aire fresco que solo se siente después de meses de frío, y cerré los ojos por un momento. En ese instante, me vino a la mente el monte cubano. Recordé cómo me gustaba sentarme bajo una ceiba y escuchar el bullicio de la vida tropical a mi alrededor. En Cuba, todo se movía rápido, con calor, con intensidad. Aquí, en el bosque sueco, todo era más lento, más calculado, pero igualmente lleno de vida.


Es curioso cómo dos lugares tan distintos pueden resonar de la misma manera en uno. El monte en Cuba y el bosque en Suecia me enseñaron algo importante: no importa dónde estés, la naturaleza siempre tiene algo que decirte. A veces te grita, como lo hace en Cuba, con su calor, su humedad, su energía desbordante. Otras veces, te susurra, como en Suecia, con su silencio, su nieve y su calma. Pero en ambos lugares, si te detienes a escuchar, te das cuenta de que la naturaleza siempre está ahí, esperando que conectes con ella.


Así que, cada vez que salgo al bosque sueco, o cuando recuerdo mis días caminando por el monte cubano, siento que llevo un poco de esos dos mundos conmigo. No son tan diferentes después de todo, ambos tienen su magia, su lección. Y yo, afortunadamente, tengo la suerte de haber caminado por ambos.




Y ahora, cuando estoy en casa, mirando por mi balcón francés hacia el bosque, me doy cuenta de que no importa en qué lugar del mundo esté, siempre habrá un rincón de la naturaleza dispuesto a contarme una historia, ya sea bajo el calor tropical o en medio de la nieve escandinava.







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