La iglesia

De las iglesias de mi barrio, La Víbora, solo recuerdo haber entrado a una, un par de veces…. durante la celebración de la Misa del Gallo y durante mis trámites para mudarme al continente europeo.


La iglesia de Los Pasionistas, conocida formalmente como Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús y San Felipe Neri, es otra de las iglesias importantes en el barrio de La Víbora. Esta iglesia es administrada por la congregación de los Padres Pasionistas, quienes tienen una gran tradición en la zona. , siendo un lugar de devoción popular y espiritualidad en el municipio de Diez de Octubre.


Me parecía enorme, majestuosa …. La Iglesia de los Pasionistas en La Víbora siempre ha sido un lugar especial para mí. Desde que uno se acerca, su torre alta y delgada es lo primero que se nota, como si vigilara el barrio. Me impresiona lo grande que es, con esas piedras grises y esa sensación de historia que emana. No soy un experto en arquitectura, pero lo que más me llama la atención son las puertas enormes de madera oscura, que parecen invitar a pasar con respeto. Cada vez que entro, siento que estoy dejando el bullicio de La Víbora atrás.

Por dentro, la iglesia es inmensa, con un techo que parece que nunca acaba, y esa luz que entra a través de los vitrales coloridos le da un toque mágico. Me gusta cómo todo está tan bien cuidado y cómo el silencio te envuelve apenas cruzas el umbral. El altar, al final, es imponente, con su gran crucifijo que siempre me hace pensar en la importancia del sacrificio. Hay varias imágenes de santos a los lados, y aunque no soy muy religioso, siento una conexión especial con ese espacio.

Las paredes tienen pinturas e imágenes que cuentan historias de la vida de Cristo. La gente entra, se sienta en silencio, y a veces enciende una vela como un gesto de fe. Me resulta reconfortante saber que, aunque todo a mi alrededor cambie, este lugar sigue siendo un refugio de paz. Cuando estoy ahí, siento que el tiempo se detiene y que puedo encontrar un poco de serenidad en medio del caos del día a día.

dejando el bullicio de La Víbora atrás.


Por dentro, la iglesia es inmensa, con un techo que parece que nunca acaba, y esa luz que entra a través de los vitrales coloridos le da un toque mágico. Me gusta cómo todo está tan bien cuidado y cómo el silencio te envuelve apenas cruzas el umbral. El altar, al final, es imponente, con su gran crucifijo que siempre me hace pensar en la importancia del sacrificio. Hay varias imágenes de santos a los lados, y aunque no soy muy religioso, siento una conexión especial con ese espacio.


Las paredes tienen pinturas e imágenes que cuentan historias de la vida de Cristo. La gente entra, se sienta en silencio, y a veces enciende una vela como un gesto de fe. Me resulta reconfortante saber que, aunque todo a mi alrededor cambie, este lugar sigue siendo un refugio de paz. Cuando estoy ahí, siento que el tiempo se detiene y que puedo encontrar un poco de serenidad en medio del caos del día a día.











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