Ajo …
En La Habana de los años 80, cuando era un niño de apenas 11 años, la vida se movía al ritmo de la sencillez. En casa, nunca sobraba nada, pero tampoco nos faltaba lo esencial. Y, entre lo esencial, había algo que siempre estaba ahí, en la mesa: el pan con ajo y aceite. Desde que tengo memoria, esa combinación me marcó de una forma que aún hoy, tantos años después, me acompaña.
Machacaba el ajo, que previamente había pelado. Lo hacía con el plano del cuchillo, uno o dos golpes secos bastaban para obtener el resultado deseado. Lo colocaba en un plato llano, un chorrito de aceite por encima, sal y luego le restregaba una de las caras de un trozo de pan…. luego la otra.
A la mayoría de los niños no les gustaba el sabor del ajo, tan fuerte y picante, pero yo lo disfrutaba. Sentía algo especial al comerlo. No era solo el sabor; era como si, de alguna manera, ese diente de ajo crudo me diera una energía que nada más me podía proporcionar. Me hacía sentir invencible.
Cada mordisco era una especie de combustible para todo lo que el día me deparaba. Los juegos, las carreras, el calor del sol… Nada me paraba. Y en el fondo, yo sabía que era el ajo lo que me mantenía fuerte. Las vecinas de mi madre decían que ayudaba al corazón, que prevenía resfriados, y que hasta alejaba la mala energía. Pero para mí, en esos momentos, era simplemente el secreto que me hacía diferente, que me daba algo que los demás no tenían.
Había días en que, si me sentía un poco cansado o si sentía el inicio de un resfriado, no dudaba en pedir un poco más de ajo. Lo machacaba yo mismo, repitiendo los movimientos de mi padre, como si ese acto pudiera curar cualquier malestar. Y casi siempre funcionaba.
A medida que fui creciendo, esa costumbre nunca me abandonó. Años más tarde, viviendo lejos de Cuba, cada vez que el ajo crudo tocaba mi paladar, era como si estuviera de vuelta en esas calles polvorientas, recorriendo mi barrio bajo el sol intenso. No era solo el sabor, era el recuerdo de quienes éramos, de cómo nos cuidábamos con lo poco que teníamos, de cómo convertíamos lo simple en algo poderoso.
Hoy en día, sigo comiendo ajo crudo, no solo por sus beneficios para la salud, que son muchos, sino porque me conecta con mi historia, con mi familia y con la resistencia que aprendí desde niño. Porque, aunque los años han pasado y las circunstancias han cambiado, cada diente de ajo que machaco me recuerda que la fortaleza viene de lo más simple, de lo que siempre ha estado allí, en nuestras raíces.





Comentarios
Publicar un comentario