Alegrías de sobremesa.

 


Alegrías de Sobremesa es uno de los programas radiales más icónicos de Cuba, transmitido por la emisora Radio Progreso. Creado en la década de 1960, se mantuvo en el aire durante varias décadas, convirtiéndose en un pilar de la radio cubana. 

El programa era conocido por su mezcla de humor, música y dramatizaciones, que giraban en torno a la vida cotidiana de los cubanos, con un tono jocoso y ligero.

Era un programa grabado con  público invitado que presenciaban y disfrutaban tanto de los momentos humorísticos como de las orquestas que amenizaban el programa desde el escenario de Radio Progreso.

Lo que no se ve

Me acuerdo como si fuera ayer, finales de los 70, en La Habana. Me habían invitado a presenciar la grabación de un programa humorístico para la radio. Yo nunca había estado en un estudio así, así que llegué emocionado, con ganas de ver cómo se cocinaban esas risas que uno escuchaba desde el sillón de casa.

El estudio no era gran cosa, pero tenía su magia. Allí estaban los actores, parados en un pequeño escenario, con sus guiones en la mano, listos para soltar carcajadas con solo mover la boca. Todo era en vivo, pero nadie actuaba de memoria; ¡ni pensar! Todos leían de sus libretos como si nada, pero con un arte que te hacía creer que aquello era espontáneo.



Primero, antes de que empezara el show, la orquesta hizo lo suyo. Y qué orquesta… La Aragón .Tocaron un son pegajoso, de esos que te hacen mover los pies sin querer. Al terminar, el director hizo una señal y se pararon como si nada, listos para volver a tocar al final del programa.

Entonces, la escena. Entra el narrador, con su voz de locutor clásico de Radio Progreso, profunda y ceremoniosa:
“Bienvenidos a otro capítulo de ‘Los enredos de Estervina y Sandalio’. Hoy, nuestros personajes favoritos se meten en un lío de aquellos…”
Ahí ya el público empieza a reírse, aunque no ha pasado nada aún. ¡Ah! Y es que detrás de nosotros estaba el coordinador, ese que manda y organiza las risas. Él no te dice “ríete”, pero hace unas señas que tú sabes qué quiere. Si alzaba la mano, era una risa ligera, si daba una vuelta con el dedo, ahí sí te morías de risa. ¡Y no podías fallar! Si la broma era mala, igual tenías que soltar la carcajada.



Arrancó la escena y Rita entró, con su tono mandón de siempre:
”¡Ay Paco, mira lo que has hecho, te dije que no tocaras la olla de presión!”

Paco, con su voz baja y resignada, responde:
“Pero mi amor, yo solo quería ayudar, no sabía que iba a explotar la sopa…”

El público, a la señal del coordinador, empieza a reírse. Y allí estábamos todos, fingiendo que aquello era lo más gracioso que habíamos oído en la vida. Aunque, sinceramente, era difícil no reírse con los gestos de los actores, que aunque solo leían, parecían vivirlo. El pobre Paco siempre sufría las consecuencias de las ocurrencias de Rita.



La narración seguía, las voces de los actores hacían rebotar las carcajadas del público, y en medio de aquello, de vez en cuando, la orquesta soltaba algún efecto de sonido. A veces era un redoble de tambores o un acorde agudo del piano para enfatizar el chiste.

Al final, después de que Sandalio “El Bolao” entró y, como siempre, metió la pata más de lo que debía, llegó la conclusión del narrador:
“Y así, queridos amigos, termina otro día de confusiones y desastres en casa de Estervina. ¡Nos vemos en el próximo episodio!”

La orquesta tocó otra vez, pero esta vez con un ritmo más ligero, como para despedirnos con buen ánimo. El coordinador nos miró, hizo una seña final, y todos, en automático, comenzamos a aplaudir como si acabáramos de ver la obra del siglo.

Fue una experiencia que me enseñó dos cosas: primero, que en Cuba, hasta las risas son organizadas; y segundo, que la magia del radio estaba tanto en lo que se oía como en lo que no se veía. Pero claro, aunque uno sabía que todo estaba medio planeado, no había forma de no reírse con ese grupo de artistas que, con solo su voz, te llevaban directo al corazón de la comedia cubana. ¡Aquello sí era un espectáculo!

Me acuerdo como si fuera ayer, finales de los 70, en La Habana. Me habían invitado a presenciar la grabación de un programa humorístico para la radio. Yo nunca había estado en un estudio así, así que llegué emocionado, con ganas de ver cómo se cocinaban esas risas que uno escuchaba desde el sillón de casa.


El estudio no era gran cosa, pero tenía su magia. Allí estaban los actores, parados en un pequeño escenario, con sus guiones en la mano, listos para soltar carcajadas con solo mover la boca. Todo era en vivo, pero nadie actuaba de memoria; ¡ni pensar! Todos leían de sus libretos como si nada, pero con un arte que te hacía creer que aquello era espontáneo.


Primero, antes de que empezara el show, la orquesta hizo lo suyo. Y qué orquesta… eran cuatro o cinco, con trompetas, tambores, un piano de esos que ya habían visto sus mejores años, pero ahí estaban, dándole ambiente al asunto. Tocaron un son pegajoso, de esos que te hacen mover los pies sin querer. Al terminar, el director hizo una señal y se pararon como si nada, listos para volver a tocar al final del programa.


Entonces, la escena. Entra el narrador, con su voz de locutor clásico de Radio Progreso, profunda y ceremoniosa:

“Bienvenidos a otro capítulo de ‘Los enredos de Estervina y Sandalio’. Hoy, nuestros personajes favoritos se meten en un lío de aquellos…”

Ahí ya el público empieza a reírse, aunque no ha pasado nada aún. ¡Ah! Y es que detrás de nosotros estaba el coordinador, ese que manda y organiza las risas. Él no te dice “ríete”, pero hace unas señas que tú sabes qué quiere. Si alzaba la mano, era una risa ligera, si daba una vuelta con el dedo, ahí sí te morías de risa. ¡Y no podías fallar! Si la broma era mala, igual tenías que soltar la carcajada.


Arrancó la escena y Rita entró, con su tono mandón de siempre:

”¡Ay Paco, mira lo que has hecho, te dije que no tocaras la olla de presión!”


Paco, con su voz baja y resignada, responde:

“Pero mi amor, yo solo quería ayudar, no sabía que iba a explotar la sopa…”


El público, a la señal del coordinador, empieza a reírse. Y allí estábamos todos, fingiendo que aquello era lo más gracioso que habíamos oído en la vida. Aunque, sinceramente, era difícil no reírse con los gestos de los actores, que aunque solo leían, parecían vivirlo. El pobre Paco siempre sufría las consecuencias de las ocurrencias de Rita.


La narración seguía, las voces de los actores hacían rebotar las carcajadas del público, y en medio de aquello, de vez en cuando, la orquesta soltaba algún efecto de sonido. A veces era un redoble de tambores o un acorde agudo del piano para enfatizar el chiste.


Al final, después de que Sandalio “El Bolao” entró y, como siempre, metió la pata más de lo que debía, llegó la conclusión del narrador:

“Y así, queridos amigos, termina otro día de confusiones y desastres en casa de Estervina. ¡Nos vemos en el próximo episodio!”


La orquesta tocó otra vez, pero esta vez con un ritmo más ligero, como para despedirnos con buen ánimo. El coordinador nos miró, hizo una seña final, y todos, en automático, comenzamos a aplaudir como si acabáramos de ver la obra del siglo.


Fue una experiencia que me enseñó dos cosas: primero, que en Cuba, hasta las risas son organizadas; y segundo, que la magia del radio estaba tanto en lo que se oía como en lo que no se veía. Pero claro, aunque uno sabía que todo estaba medio planeado, no había forma de no reírse con ese grupo de artistas que, con solo su voz, te llevaban directo al corazón de la comedia cubana. ¡Aquello sí era un espectáculo!

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