Accidente

 Estábamos a dos horas de camino del sitio donde habíamos aparcado el automóvil.

Tarde hermosa en las montañas austriacas bañadas por un sol de primavera que ofrecía una temperatura agradable para practicar el montañismo.



Atrás dejamos la cima, el restaurante, 

Yo iba delante y un poco más atrás venían conversando los hermanos D y T.



El terreno era una mezcla de arcilla y piedrecitas no adheridas al terreno y que se movían con facilidad, la pendiente no era tan pronunciada pero requería ser cuidadoso ….

Justamente iba pensando en eso cuando escuché el grito de dolor de D. Había resbalado y caído sobre uno de sus pies. Corrí pendiente arriba en su ayuda.

El dolor era tan intenso que no podía  mover la pierna, se quejaba mucho y era angustiante verle así.

T, su hermano, solo atinó a correr loma arriba a pedir ayuda en el restaurante que estaba relativamente cerca.

¿ Yo ? Llamé a emergencias….

Unos veinte paramédicos se presentaron en el lugar para el proceso de primeros auxilios y traslado 


El sol seguía descendiendo, pintando las montañas austriacas de tonos cálidos mientras el aire fresco de la tarde comenzaba a envolvernos. D seguía tendido en el suelo, su rostro marcado por el dolor. El terreno traicionero que habíamos recorrido con confianza ahora nos mostraba su lado más peligroso. El resbalón que lo había derribado no era algo inesperado en este tipo de senderos, pero el impacto sobre su pie había sido severo. Mientras esperaba la llegada de los servicios de emergencia, T regresaba corriendo desde el restaurante en lo alto de la montaña, aún sin poder ocultar la angustia en su rostro.


La llamada de emergencia había sido breve pero clara. Les di las coordenadas lo mejor que pude, explicando el estado del sendero y la dificultad para acceder a pie. Un jeep de rescate sería la mejor opción, me habían dicho, y aunque la espera pareció interminable, finalmente escuché el característico rugido de un motor acercándose a lo lejos.


Al mirar hacia el sendero, vi el jeep de rescate atravesando la difícil pendiente, levantando polvo y pequeñas piedras a su paso. Los paramédicos que viajaban a bordo eran eficientes, se movían con agilidad y conocían bien el terreno. En cuanto llegaron, se abalanzaron sobre D con profesionalismo, revisando su pierna, inmovilizándola y explicándole con calma lo que sucedía en todo momento. A pesar del intenso dolor, D comenzó a relajarse ligeramente al ver que estaba en buenas manos.


T y yo observábamos, aliviados de que la ayuda hubiera llegado tan rápido. Los paramédicos aseguraron a D en una camilla portátil y, con sumo cuidado, le subieron al jeep. Nos explicaron que la lesión en el pie probablemente requeriría atención médica inmediata, pero que por el momento, la situación estaba controlada.


“Vamos a llevarle al hospital del valle,” nos dijo uno de los rescatistas mientras ajustaba las correas de la camilla dentro del vehículo. “Es una ruta difícil, pero el jeep está equipado para manejar el terreno.”




Nos ofrecieron ir con ellos en el jeep, yo decidí acompañarle. T también subió al Jeep pero solo hasta el sitio estaba aparcado el auto y de allí lo condujo a Viena.


El silencio volvió a reinar en las montañas, solo interrumpido por el suave susurro de la brisa.
La luz dorada del atardecer envolvía el paisaje a nuestro alrededor, creando un contraste entre la calma exterior y la adrenalina que aún corría por nuestras venas.




Los montes austriacos, con toda su belleza, nos habían recordado la importancia de la precaución y el respeto por la naturaleza. A medida que nos alejábamos del paisaje montañoso, el sol se escondía detrás de las cumbres, marcando el final de un día que ninguno de nosotros olvidaría.





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