¿ Dónde está el billete?

 Desde mis primeros pasos en el mundo de las finanzas, allá en Cuba, las cosas eran bastante sencillas. Mi primer encuentro con el dinero fue con las monedas.

 Recuerdo cómo aquellas moneditas de centavos parecían tener un poder casi mágico: con ellas podía comprar un pan con pasta o una pequeña fritura en la esquina. ¡Eso sí que era vida! No necesitaba más que mi bolsillo para llevar toda mi fortuna.



Luego, llegaron los billetes. ¡Ah, los billetes! Esos papelitos que se doblaban, se rompían y, a veces, hasta olían a café si habían pasado demasiado tiempo en una bodega. Había algo especial en pagar con billetes, especialmente cuando tenías uno grande, de esos que te hacían sentir importante. Recuerdo la primera vez que me dieron uno de veinte pesos y me sentí como si tuviera el control del mundo en mi mano. Aunque siempre me preguntaba si la persona detrás del mostrador pensaría que yo era un magnate o un simple afortunado.



Todo parecía estable hasta que llegué a Suecia. Aquí, el billete empezó a desaparecer frente a mis ojos. De repente, me encontré en un país donde nadie andaba con efectivo, y las monedas parecían reliquias de museo. ¿Billetes? ¡Olvídalo! Aquí todo el mundo pagaba con tarjetas. La primera vez que saqué mi tarjeta para pagar en un supermercado sueco, me sentí como en una película futurista. El hecho de no tocar ni una moneda ni un billete, solo deslizar un pedazo de plástico, me pareció algo casi surreal.



Pero claro, no fue el fin de la historia. Como todo en la vida, el progreso no se detiene. Apenas me había acostumbrado a la tarjeta cuando el mundo dio otro giro: ahora todo era electrónico. Ya no tenía que sacar mi billetera, ahora simplemente podía hacer una transferencia bancaria desde mi computadora. Y luego, la cúspide del modernismo, el punto culminante del comercio: el pago con el teléfono. Cuando me explicaron que solo tenía que acercar mi móvil a un lector y “¡voilá!”, el pago estaría hecho, tuve que reprimir las ganas de gritar “¡Magia!” en medio de la tienda.


A veces, me río al recordar cómo pasé de contar monedas una por una en La Habana a simplemente tocar un botón en mi móvil en Estocolmo. El mundo del dinero cambió radicalmente ante mis ojos, y yo fui testigo de la desaparición del billete. Quién lo diría: de aquellos tiempos en que las monedas y los billetes eran mis fieles compañeros, ahora todo cabe en un dispositivo que también me sirve para llamar, escuchar música y hasta para sacar fotos. ¡Cómo ha cambiado el mundo del intercambio comercial!


Sin embargo, siempre quedará en mi memoria la sensación de recibir aquel billete de veinte pesos por primera vez. Aunque hoy todo sea digital, esa anécdota sigue guardada como un tesoro personal.

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