De la escena a la pared

 


Recuerdo aquel momento como si fuera ayer. El arte se movía entre la danza y la pintura, como si ambos lenguajes se hubieran encontrado en un punto perfecto. La obra de Miguel Henríquez, El Rapto de las Mulatas, me tenía cautivado desde el instante en que la vi en la escena, interpretada magistralmente por la Compañía Danza Contemporánea de Cuba. Los movimientos, los colores, la energía… todo parecía una extensión de la pintura, como si los cuerpos de los bailarines hubieran cobrado vida directamente del lienzo.


Nunca había visto la pintura antes de esa noche en el Gran Teatro de La Habana, rebautizado en honor a la gran Alicia Alonso. Sin embargo, después de presenciar esa adaptación, sentí que la había conocido desde siempre, como si los trazos y formas hubieran estado dormidos en alguna parte de mi memoria, esperando ser despertados por la danza.




Aquella noche de enero, la Sala Alejo Carpentier estaba llena. Al igual que yo, muchos esperaban con ansias los estrenos de la temporada de la compañía. Sin embargo, no estaba preparado para el impacto que me aguardaba. La combinación de música, danza y la visualización de esa obra maestra era algo casi sobrenatural. Los  cuerpos se movían, y yo quedé atrapado en esa mezcla vibrante de cultura y arte cubano.


Cuando terminó la función, salí del teatro como flotando. No podía sacarme de la mente esa obra, esos colores, esos cuerpos. No solo me había tocado el alma, sino que sentí que algo había cambiado dentro de mí. Fue entonces que decidí buscar la pintura. No me tomó mucho tiempo llegar a la Sala de Arte Contemporáneo en Bellas Artes, donde encontré la reproducción que me acompañaría por años. La mandé a enmarcar, un marco digno de la majestuosidad de la obra, y pronto colgó en la sala de la casa de mi madre.


Allí, en ese espacio sagrado, El Rapto de las Mulatas no solo decoraba la pared, sino que llenaba el aire con su presencia. Cada vez que lo miraba, revivía aquella noche en el teatro, el éxtasis de la danza, la sensación de estar completamente absorto en el arte.


Y ahora, años después, sigo sintiendo que esa obra no solo cuelga en una pared, sino también en mi alma. Es tiempo de traerla de nuevo a mi vida, de colgarla en mi propio espacio, de darle el lugar que merece.


¿Verdad, mami? Porque ella, mi madre, siempre supo cuánto significaba esa obra para mí. Ella entendía que no era solo un cuadro más, sino una parte de mi ser, un recuerdo, una conexión entre el arte, la danza, y nuestra vida juntos en aquella casa. Y ahora, es hora de que vuelva a colgarlo, esta vez en mi propia pared.


¡Hecho!

Comentarios

Entradas populares