8 cuadras


 Los sábados calentaba el sol de forma especial, el aire olía distinto, el patio de la escuela estaba vacío.

Solo algunos niños, los hijos de los trabajadores de la escuela, compartíamos la inmensidad del patio, mientras nuestros padres trabajaban.

Todo fue normal hasta que un año rozando los 10 años de edad, mi madre me autorizó a regresar solo a casa.

Ocho cuadras cuesta arriba disfrutando de los olores que emanaban de las cocinas de las casas, de los disímiles sonidos : cláxones, pájaros cantando, música sonando, voces, gritos, risas, toda una explosión de sonidos, colores, olores. Recuerdo nítidamente cada una de las ocho cuadras hasta que la calle Carmen desembocaba en la Plaza Roja, a la derecha la Casa de la Cultura y a la izquierda el framboyán, la secundaria Enrique José Varona, a mi espalda el preuniversitario René O. Reiné y al frente la calzada de Diez de Octubre, anunciándome que ya casi estaba en casa, en el paradero de La Víbora.

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