¿ Qué tú haces monta’o ahí?
La pregunta de mi padre llevaba una implícita carga de asombro-alegría-orgullo y para nada de preocupación.
Estábamos en la finca de los Yanes, en La Ruda. Mi padre trabajaba como albañil contratado por Onel, el patriarca y dueño de la finca.
¿ Yo ? Acompañándole , haciéndome hombrecito … según su visión, convicción y respuesta a quienes le preguntaban sobre mi.
¿ Yo ? Divirtiéndome, jugando con Onelito, el hijo del dueño de la finca a cuanto juego o travesura se nos ocurriese. Aprendiendo y aprehendiendo todo lo que la vida en el campo y la experiencia de los guajiros me pudiese transmitir.
El día en cuestión, uno cualquiera del verano o un fin de semana….mi padre estaba adentro, trabajando; Onelito no estaba en la finca, yo estaba afuera jugando a cualquier cosa.
Llegó un jinete, un guajiro al que le decían « El mexicano » por el sombrero que usaba parecido al de Emiliano Zapata.
Su cabalgadura, era un hermoso y para mí un enorme caballo de colores blanco y marrón. Se acercó a mí con aquella preciosura de animal y me vio en el rostro las ganas ….
¿ Quieres dar una vuelta en el caballo?
Hasta ese entonces solo había montado con mi padre sentado en la grupa del caballo de turno….
Pero si estás en el campo, tienes que montar a caballo y se aprende desde niño.
No había distinción. Yo no era de allí, del campo, pero estaba allí. La cobardía y el temor no son compatibles con la rudeza y fortaleza de carácter que demanda la vida en el campo.
El Mexicano, se bajó de su caballo y me ayudó a subir a mi, me dio la espalda y mientras yo montaba a caballo él se dirigió a donde estaba mi padre y le dijo
« Maceo, mira a tu hijo »



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