Cuquito

 Ella era de piel negra, como yo o yo tenía la piel como ella, que era obesa, pero ocurrente, alegre y muy severa ante las indisciplinas.

Durante sus clases y en su presencia, reinaba el silencio, la expectativa porque su nivel pedagógico era excepcionalmente alto. Y el intimidatorio aún más.



Era el tercer grado de la escuela primaria Pedro María Rodríguez. Pero nosotros éramos inquietos, ella lo sabía y si necesitaba ausentarse un par de minutos nos dejaba saber que conoceríamos a « Cuquito »  si se formaba el relajito en su ausencia temporal.

Pues bien, la maestra salió del aula, se formó el alboroto, no dejamos a nadie vigilando para cuando ella regresara. Nuestra aula estaba en el segundo piso de la escuela en el lateral derecho y era la penúltima aula de ese pasillo.

Fue tan intenso lo que sucedió a continuación que aún lo recuerdo hoy con detalles, colores y dolores….. ajenos.

Sin que nadie lo notara, apareció abruptamente y nos sorprendió en el alboroto: gritando, corriendo, tirándonos tizas o taquitos de papel, en fin el relajo extremo .

Nos colocó en una fila y trajo a « Cuquito ». Un trozo de madera de casi un metro de largo, diez centímetros de ancho y unos tres de grosor que tenía inscripto su nombre en la parte ancha.

Ese día a Abel fue al primero que le dieron un « cuquitazo», se retorció por el dolor-ardor del golpe. Los siguientes iban recibiendo entre dos o tres golpes entre la zona de las piernas y las nalgas…… Era intimidatorio el sonido del trozo de madera al estrellarse contra el cuerpo de turno y el grito-llanto del niño.

Pero mi maestra de tercero grado ( también recuerdo su nombre), era obesa, tenía muy mala condición física y se cansaba rápido y después de dos o tres niños ya los golpes eran menos intensos y como éramos muchos no había tiempo para castigarnos a todos.

Ese análisis lo hice desde la primera vez, me situaba entre los últimos de la cola y nunca tuve problemas con « Cuquito » el palo de castigo de mi maestra de tercer grado.


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