Trofeos
Perdí la cuenta de cuantos tuve, algunos los conservo, otros desaparecieron misteriosamente.
El ser un niño activo, además de coadyuvar a mantenerme saludable, me exigió pagar tributos, algunos dolorosos, otros sangrientos pero todos aleccionadores.
Mis codos y rodillas mostraban con reiterada frecuencia los efectos de mis andanzas, travesuras y mataperreos: quemaduras por fricción, o sea, los conocidos rasponazos, se iban alternando de una extremidad a la otra y a veces mi eficacia en lesionarme era tal que tenía dos en la misma rodilla o codo uno al lado del otro.
Los primeros auxilios a cargo de mi madre con agua oxigenada, que al contacto con la piel dañada hacia una espumita efervescente o con rojo aséptico o con el temido timerosal, anaranjado y que ardía un montón.
Pero este era el nivel inferior de los trofeo-heridas por las travesuras fallidas. Estaban las cortaduras, con sangre incluida ; los chichones, antesala de las roturas de la cabeza, fracturas u otros traumas y lesiones.
Por fortuna para mí y tranquilidad de mi madre, lo más grave fue un diente partido al chocar contra el peldaño que daba acceso a…..
Algunos de mis compañeritos de juegos tuvieron el doloroso honor de romperse o que le rompieran la cabeza o lesiones similares.
Pues eso, niño travieso que se respete, debe acumular trofeos-cicatrices que narren historias de aventuras y desventuras .



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