Cowboy
Cheo, un guajiro recio, amable y sonriente tenía dos caballos: Caramelo y Veneno.
El solo mencionar el nombre del segundo inspiraba respeto. Un semental de piel negra, recia musculatura y de movimientos vigorosos. Había que ser buen jinete para subirse a su silla.
Cheo retó a mi padre:
« Dale, Maceo ….» conminando a mi padre a que cabalgara aquel hermoso ejemplar.
El apodo de mi padre, respondía a un incidente en el que hubo de cabalgar para resolver un asunto de hombres y por supuesto, con machete en mano, al mejor estilo del Titán de Bronce. De todo ello me enteré muchos años después, pero aquel mediodía en la finca de José María y Mamaíta, cercana al pueblito de Guara mi padre demostró con habilidad, destreza y maestría que era un excelente jinete, haciendo diferentes maniobras con Veneno para deleite de los guajiros y regocijo de un orgulloso hijo que podía decir que su padre era un vaquero de verdad.



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