Almuerzo guajiro.
La primera vez que vi una mesa servida al estilo guajiro, empezaron a surgirme dudas.
Fuentes con arroz, frijoles, yuca, tostones, ensalada y carne, servidos por separado. Ya esto era otro nivel. Pero seguía aferrado al criterio de mi paladar.
Mamaíta, tomó mi plato y me sirvió una espumadera de un blanquísimo arroz, desgranadito, hermoso, apetitoso; su blancura se mezcló con las tonalidades que un humeante cucharón con frijoles iba añadiendo al plato.
Luego la carne ( no importaba si era de cerdo, de res, de caballo, de chivo, de conejo, de jutía, de carnero, de pollo). Era todo un espectáculo visual ver como los trozos se amontonaban en un lateral del plato y pujaban por lucir su más hermoso lado.
Para ese entonces la gama de deliciosos olores le había ganado la batalla a mi raciocinio y mi estómago era testigo de movimientos involuntarios porque los jugos biliares querían acción.
Casi al finalizar del ritual, llegaban la yuca con mojo y los plátanos tostones para subir el tono olfativo del festejo gastronómico a punto de iniciar su momento más importante.
Ensalada de aguacate, lechuga, berro, tomates y pepinos agregaban color a aquella maravilla culinaria.
Cuando me llevé mi primer bocado y comencé a masticar , disfrutar y enviar los alimentos hacia las restantes partes de mi aparato digestivo…. mis dudas se disiparon…..
Estaba siendo partícipe de un proceso sin igual: olor, sabor, color, textura….
Pero el sabor de la comida de mi madre, siempre fue muy rico.




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