Gran Cinema


 Justo en la esquina de Diez de Octubre y O’Farrill, se alzaba el gigante de entretenimiento más importante de mi niñez. 

El piso de la entrada era de mármol color rojizo, desgastado y pulido por el paso de tantos visitantes.

A ambos lados estaban las ventanillas para la venta de los boletos y justo al centro se encontraba el depósito para los boletos comprados y recolectados por el trabajador de turno. Detrás suyo una enorme cortina de color negro impedía el paso de la luz hacia el interior.

A la platea se podía acceder por las entradas laterales que desembocaban en sendos pasillos que a su vez dividían el inmenso salón en tres secciones.

El balcón de la parte superior siempre me resultó menos atractivo.

Acostumbraba a sentarme en la parte central, casi al centro en las butacas replegables, de madera dura y oscura.

La pantalla enorme estaba cubierta hasta que comenzaba el Noticiero ICAIC y luego la magia de las películas en blanco y negro. El Zorro, El jinete sin cabeza, El Tulipán Negro y muchísimas otras hicieron mis mañanas y tardes especiales e inolvidables.

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