Olores

Los domingos solían ser distintos, especiales, deliciosamente olorosos.

Mi madre estaba parada frente al fogón en su ritual culinario.

La hormilla estaba encendida. El fuego calentaba sin piedad el fondo de la sartén y del otro lado, la manteca de cerdo empezaba a derretirse.

En la tabla, mi madre, cortaba primero en rodajas y luego en pedazos cada vez más chicos la cebolla. Sus movimientos eran precisos y rápidos para evitar que la manteca se calentara demasiado. Lista la cebolla y a la sartén para empezar a inundar el espacio con el aroma que se desprendía de su contacto con la manteca caliente.

El ají pimiento corría igual suerte ante el cuchillo. Ya estando ambos en compañía y bañándose en manteca, eran movidos a voluntad por mi madre con la espumadera.

Faltaba el rey del olor: el ajo. Uno o dos dientes eran aplastados contra la tabla con la parte plana del cuchillo con uno o varios golpes, según la fortaleza del golpe y el grado de trituración. Luego al ruedo como tercer ingrediente.

Ya el olor era irresistiblemente agradable, tentador. Las papilas gustativas estaban activadas y el deseo de comer aumentaba segundo a segundo.

Entonces tocaba el turno al puré de tomate. Una cucharada generosa del producto era arrojada a la sartén y el resultado oloroso de la combinación de los ingredientes  te colocaba en estado de desespero por comer .

Pero ese era solo el comienzo.

Era el sofrito. 

A partir de ahí empezaba todo.



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