Los rechacé veinte años
Fue en mi segunda etapa de la escuela al campo .Cursaba el octavo grado en la Escuela Secundaria Básica Enrique José Varona, aledaña a la Plaza Roja de La Vibora.
Nuestro campamento estaba en San Antonio de los Baños y nos circundaban plantaciones y plantaciones y más plantaciones de plátano .
Los surcos de matas de plátano no tenían fin. Se extendían hasta el infinito y más allá.
Nos daban un machete y nos decían que había que desherbar aquello. Era un monte inexpugnable. La yerba era más alta que nosotros. Un trabajo en vano, por gusto y pa’ ná …..
Nos percatamos que era una labor irrealizable, pero también incontrolable porque cuando te adentrabas veinte metros en el surco, nadie te podía ver.
Había que sacarle partido a todo aquello: las matas de plátanos tenían sus racimos listos para la recogida, nadie nos veía ni controlaba.,,,
Cortaba un racimo entero, lo camuflaba bajo hojas de plátano y el sábado cuando solo trabajábamos hasta el medio día, separaba una o dos manos de plátano para dárselas a mi madre el domingo el día de la visita de los padres.
A nuestro alrededor teníamos plátanos de todas las variedades: plátano fruta, vianda o macho, plátano manzano, indio, siete emboca.
¡Fueron cuarenta y cinco años comiendo plátano todos los días!
Al regresar a La Habana me prometí no probar un plátano en largo tiempo.
Cumplí la promesa durante veinte años sin comer plátano.





Comentarios
Publicar un comentario