¿Hervida…? No me gusta.


 Las bandejas de aluminio se sucedían sin dejar espacio, su color aplomado iba contrastando con la comida que las tías del comedor iban sirviendo. Había entre ellas una tía especial, mi madre, que nunca me sirvió más comida por ser su hijo, ni yo quise tampoco.

Casi siempre ella era la encargada de servir esa raíz de color violeta oscuro, casi negro cuyo olor me repugnaba en extremo y que nos obligaban a comer.

Cortada en dados pequeños, justo al centro de la bandeja, estaba allí, con su olor característico, en su propio jugo: la remolacha.

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