¿Hervida…? No me gusta.
Las bandejas de aluminio se sucedían sin dejar espacio, su color aplomado iba contrastando con la comida que las tías del comedor iban sirviendo. Había entre ellas una tía especial, mi madre, que nunca me sirvió más comida por ser su hijo, ni yo quise tampoco.
Casi siempre ella era la encargada de servir esa raíz de color violeta oscuro, casi negro cuyo olor me repugnaba en extremo y que nos obligaban a comer.
Cortada en dados pequeños, justo al centro de la bandeja, estaba allí, con su olor característico, en su propio jugo: la remolacha.
Yo la miraba como quien observa a un enemigo inevitable. Sabía que no había escapatoria. Podía intentar esconderla entre el arroz, empujarla hacia un borde del plato, disimular con un pedazo de pan… pero siempre terminaba regresando al centro de la escena, como si tuviera voluntad propia.
Mi madre, desde el otro lado de la línea, no decía nada. No hacía falta. Bastaba con su mirada breve, firme, sin privilegios. En aquel comedor todos éramos iguales, incluso para ella. Y en ese gesto silencioso había una lección que entendí mucho después.
El murmullo del lugar, el roce de las cucharas contra el metal, el eco de las voces infantiles… todo quedaba en segundo plano cuando el primer trozo de remolacha tocaba mi boca. Era una mezcla de resignación y desafío. Masticaba lento, casi negociando con el tiempo, esperando que aquel sabor terroso se desvaneciera antes de tragar.
A veces pensaba que no era la remolacha lo que me molestaba, sino la imposibilidad de elegir. Ese pequeño acto de obediencia diaria, repetido sin excepciones, era quizás la verdadera prueba.
Y sin embargo, ahora, tantos años después, hay algo en ese color intenso, en ese olor que antes rechazaba, que me devuelve a ese lugar. A las bandejas alineadas, al orden del comedor, y a mi madre… sirviendo igual para todos, enseñándome sin palabras que la vida no siempre se sirve a la carta, pero se aprende a saborear igual.

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