Tabaco
Recolectar tabaco puede ser, o al menos para mí lo fue, una de las experiencias más escalofriantes en lo que a faena agrícola se refiere.
04:30 a.m en Consolación del Sur, Pinar del Río, Cuba y aquel grito de terror ….
¡ De pieeeeee!!!!!!!
Salía despedido de la litera en la que mal dormía.
Cambio de pijama a ropa de trabajo, manchada de la savia del tabaco de días precedentes; me calzaba mis chancletas y junto con mis compañeros de la escuela al campo ( otro engendro del sistema en el que el trabajador no recibía salario por su labor ); nos dirigíamos a los lavaderos al aire libre para cepillarnos los dientes y lavarnos la cara.
La temperatura era bastante fresca para un pais tropical.
Una vez culminados los rituales del desayuno, matutino, distribución de los trabajos por brigadas; nos dirigíamos al campo de tabaco.
Hermoso, verde, casi perfecto. Ahí estaba mi surco de recolección, esperándome.
La planta de turno de la que había que recolectar las primeras hojas, las de abajo, te daba siempre la misma bienvenida. Sus frías gotas de rocío caían sobre mi cuello como suspiro helado y cadavérico y se me estremecía toda la anatomía. El proceso se repetía continuamente de planta en planta hasta el final del surco y luego, el otro surco y el otro y la otra planta de tabaco y la otra.
Había que hacerlo rápido, de forma enérgica para entrar en calor y olvidar el gélido y escalofriante saludo de cada planta de tabaco.
Pasada la prueba de tolerancia, salía el astro rey para empezar a calentar aquella parte del planeta Tierra y secar mi mojada camisa y pantalones de trabajo impregnados de agua y savia.



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