Un domingo cualquiera. Primera parte.
Despertarme y levantarme a las cuatro de la madrugada tenía una justificación. Había que llegar a la hora de la matanza de cerdos.
El matadero particular estaba ubicado en una vivienda en la barriada del Cerro. Un grupo reducido de personas esperábamos a que concluyera el proceso de limpieza de los animales sacrificados, para, en mi caso, comprar las vísceras que no eran comercializadas en el Mercado Único de Cuatro Caminos.
A mi madre le encantaban los riñones de cerdo y preparaba deliciosos platillos con ellos.
El lugar, olía a sangre, que aunque era eliminada con abundante agua, dejaba su huella olorosa en el ambiente.
Acostumbraba a comprar una veintena de riñones para un total de veinte pesos.
Con mi carga de vísceras dentro de una bolsa de nylon, me dirigía al supra mencionado mercado para la compra del resto de los alimentos.
El mercado de Cuatro Caminos que yo conocí, aunque hacía décadas que había tenido sus años de esplendor, todavía conservaba su majestuosidad.
Así lo viví.
Así fue en sus inicios
En su mayor esplendor. Imagen creada con inteligencia artificial.











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